Historia de un varado: el chileno que salva burros en España

Cuando el cierre de fronteras sorprendió al mundo, el chileno José Antonio Raunelli recorría el camino de Santiago de Compostela. En medio de la crisis, encontró su refugio en “El Paraíso del Burro”, santuario dedicado a cuidar esos animales.


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Era finales de febrero del 2020 y el chileno José Antonio Raunelli recorría “La Vía de la Plata”, uno de los trayectos del camino de Santiago de Compostela. Por todos lados se topaba con burros abandonados. Sin dueño que los reclamara, le parecieron animales simpáticos y muy inteligentes.

Por entonces, ahí mismo y por todo el mundo, se difundía la noticia de un poderoso virus que había aparecido en China. Tal como José Antonio en España, muchos chilenos se encontraban viajando por distintos continentes cuando estalló la crisis desencadenada por el virus del covid-19.

El cierre de fronteras y la desarticulación del programa habitual de vuelos dejó a miles de viajeros varados por todas partes. Según un informe del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, entre marzo y julio del año pasado más de 200.000 chilenos y extranjeros residentes volvieron a Chile en dicho contexto.

En el caso de Raunelli, esa imagen, la de los burros a la deriva fue como una señal. Tras varios meses en cuarentena en Galicia, se inscribió como voluntario en “El Paraíso del Burro” en Asturias. Quería ayudar y aprender algo diferente.

A punto de cumplir un año viviendo en ese lugar, el chileno cuenta cómo ha sido la experiencia junto a estos animales, convertirse en el “spokesperson” del lugar y salir en los programas de TV local. Y, sobre todo, cómo es quedarse varado en un país lejano y tener que replantearse la vida desde cero.

Viaje sin retorno

Tenía como objetivo llegar hasta Galicia a pie. El viaje duraría unas tres semanas luego volvería a Cuzco. Acostumbrado a viajar nunca había encontrado ningún obstáculo para regresar. Pero entonces, en cada parada de la caminata, escuchaba hablar del virus mortal que se expandía por el mundo entero.

“En los bares se hablaba del robo de las mascarillas en los hospitales, de los muertos y los contagios, de lo inevitable un confinamiento en toda España. Me empecé a preocupar”, recuerda.

Esa noche en la penúltima estación del recorrido, en Puente Ulla, contactó a la dueña de un hostal por Air BnB la que se negó a darle alojamiento. Tuvo que rogarle para que lo dejara dormir allí.

Lo que le sucedió a Raunelli también le ocurrió a otros chilenos, en distintos países. En Tailandia, en el mes de abril del año pasado había 91 chilenos en la misma situación, con hoteles y alojamientos completamente cerrados. “Lo que era un viaje de un mes, terminó convirtiéndose en cuatro meses”, detalla Gabriela Duarte (41), chilena que  andaba de vacaciones junto a su marido francés en la isla de Khu Khut en Tailandia. En Cuba y Costa Rica también habían cientos de chilenos y extranjeros residentes varados, los que mediante videos y otros medios llamaban a las autoridades a hacerse cargo de su repatriación urgentemente.

@ELPARAISODELBURRO

En el caso de José Antonio, el no tener una fecha de retorno no le causaba angustia. Al estar soltero y con su trabajo congelado en Perú lo enfrentó como una nueva aventura. Cuando llegó a Santiago de Compostela y al decretarse confinamiento total en España, conoció a una familia con la que terminó quedándose por más de tres meses.

“La dueña de casa tenía un bar que estaba cerrado por lo del covid. Era una excelente cocinera. Esa fue una de las razones por las que me quedé con ellos tanto tiempo, pagando por dormir y comer allí. Eran muy cariñosos y relajados”, asevera.

En esa casa también se confinó un mexicano que tampoco podía volver. Pasaban los días leyendo y jugando a las cartas. En cuanto al trabajo, su situación era cada vez más ambigua. Le debían plata.

«En Asturias, tradicionalmente, comen ‘burrín con papas fritas’. A uno lo habían puesto en una lotería y se lo iban a comer. Una mujer vio esta lotería y compró todos los boletos que quedaban.»

— José Antonio Raunelli.

Tuvo que entregar la casa donde estaba viviendo cerca de Cuzco, organizar una mudanza  por WhatApp, poner todo en una gran bodega. Estaba viviendo de sus ahorros y tenía que buscarse un lugar más barato para vivir mientras tanto. Así fue como dio con los burros: “Pensé que en un mes todo se iba a arreglar. Ha pasado un año y todavía no se arregla, no se ve para cuándo”.

Ayudar a los burros

“El Paraíso del Burro” es uno de los tantos santuarios consagrados al cuidado de estos animales en Europa. Está ubicado a 4 kilómetros de Arriondas en la región de Asturias. Inspirado en “The Donkey Sanctuary”, fundación precursora en rescate animal en Inglaterra y presente en más de 36 países, el Paraíso del Burro fue la idea de la holandesa Marleen Verhoef. Esta profesora de inglés abandonó su trabajo en una escuela agrícola en el País Bajo para darle vida a un refugio autogestionado con la ayuda de voluntarios y amigos.

“A diferencia de Chile, antiguamente aquí el burro era como parte de la familia rural española. Era utilizado como animal de carga, para ir y volver con los productos desde el mercado. Pero hoy ya no es así”, cuenta.

Los burros que allí llegan son en su mayoría maltratados o han sido abandonados. Uno de los fines del santuario es proteger a esta especie pues, además de las transformaciones del campo, su piel se ha vuelto muy cotizada. De ella se extrae una gelatina usada en la medicina tradicional china, llamada “ejiao”, a la que se le asignan una serie de propiedades benéficas, sin que estas hayan sido probadas científicamente. Según un informe reciente de “The Donkey Sanctuary”, la estratosférica demanda por este producto en China ha tenido un impacto en el descenso de la población mundial de esta especie.

Con papas fritas

Raunelli cuenta que el burro es muy apetecido: “En Asturias, tradicionalmente, comen ‘burrín con papas fritas’. A uno lo habían puesto en una lotería y se lo iban a comer con papas fritas. Entonces una mujer vio esta lotería y se horrorizó. Compró todos los boletos que quedaban. Tuvo la suerte y se lo ganó, pero después no sabía qué hacer con el burro, no se lo iba a llevar a su departamento”.

Pues ni con papas fritas, ni leche de burra ni animal de carga. “La idea es que aquí vivan en paz y no sean explotados de ninguna forma”, dice Marleen.

A los voluntarios se les ofrece techo y comida a cambio de cinco horas de trabajo diario. Casi todos, la mayoría jóvenes, son veganos y la comida que se ofrece es vegetariana. Cuando llevaba varios meses allí, a Raunelli se le ocurrió retomar la construcción de un pozo. En enero pasado se quedaron sin agua durante un mes.

“Hicimos una campaña de crowdfunding para hacer un pozo. Y también intentamos buscar nuevos socios, personas que apadrinen a los burros con el objetivo de incrementar los ingresos de tal manera de que la mayor parte de los gastos no sean asumidos por Marleen. Tuve que empezar a llamar a gente, a todos los exvoluntarios, amigos, donantes para decirles que por favor nos apoyaran. Llegaron muchas donaciones de Estados Unidos, de Alemania, Holanda. Se juntaron más de 8.500 euros”, relata.

«Si realmente te quieres dedicar al tema es un trabajo durísimo, sin descanso. La verdad es que esto es muchísimo mas complicado que dirigir una empresa”

— José Antonio Raunelli.

Distintos medios regionales se interesaron en saber más sobre los burros. Raunelli empezó a dar entrevistas para distintos medios españoles, para los noticieros y artículos de prensa. “Lo divertido es que la mayoría de los que ven este tipo de programas en la televisión son gente mayor. Cuando salgo a caminar por aquí, cuando entro a un bar, los viejitos me reconocen y me dicen: ‘Oye estoy seguro que te conozco’. Yo les pregunto si acaso ven la TPA (TV de Asturias). “Sí, claro”, me contestan. “Es que yo estoy en el Paraíso del Burro”. “Ahhh pero hombre, ¡joder, si los burros necesitan agua!”.

Como Robinson Crusoe

Después de todo este tiempo viviendo en el campo, José Antonio dice que ha llegado la hora de buscar un nuevo rumbo. No logra proyectarse nuevamente en Perú, menos en Chile. Está emparejado, pero sigue soltero y continúa viviendo de sus ahorros.

Si acaso le dieron ganas de vivir en el campo, de montar su propio paraíso, concluye que no, pues “no hay vacaciones, no hay días libres”.

“Si realmente te quieres dedicar al tema es un trabajo durísimo, sin descanso. La verdad es que esto es muchísimo mas complicado que dirigir una empresa”, asegura.

Reflexiona sobre qué significa el encontrarse así, en una etapa en la que tiene que replantearse, entre el no querer volver y sentir las aprensiones desencadenas por el impacto del virus, como si fuera un naufragio en aguas mixtas.

“No considero que el termino varado describa mi situación porque desde una perspectiva de avanzar, de generar nuevos proyectos y nuevas cosas, quizás sí lo esté. Pero lo veo más como una pausa, un aprendizaje en muchos sentidos. Una especie de naufragio a lo Robinson Crusoe y en este caso son los burros los que me han enseñado muchísimo. Robinson Crusoe aprendió mucho durante ese tiempo”, manifiesta.

Y aunque no esté seguro de qué va a pasar ni qué va a hacer, hay algo que tiene muy claro. Nunca más empleará la palabra burro para describir a una persona estúpida. Si hay algo que aprendió, en medio de toda la incertidumbre de esta pandemia, a través de esas interminables caminatas hacia Santiago de Compostela y mientras limpiaba los establos, es que los burros son, por sobre todo, extremadamente inteligentes y que saben esperar.

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