Discriminación y resiliencia: 4 mujeres mapuches y cómo vivieron con sus raíces desde la infancia

Sus apellidos las diferenciaban. El racismo fue parte de sus vidas, sobre todo en un país que no estaba educado aún en ello. Les presentamos cuatro historias de mujeres mapuches de distintos rubros, entre ellas, la constituyente Rosa Catrileo.


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La elección de Elisa Loncón como presidenta de la Convención Constitucional marcó un antes y un después. No sólo mostró cómo una mujer proveniente de un pueblo originario tenía la trayectoria, la sabiduría y la voz para liderar a quienes escribirán la Nueva Constitución de Chile, sino que también evidenció cómo diversas mujeres mapuches crecieron marcadas por la diferenciación y el racismo.

La constituyente y compañera de Loncón, Rosa Catrileo, conversó con Contracarga para contarnos su historia. Una historia marcada por episodios discriminatorios sobre todo en su infancia. Pero sus raíces fueron más fuertes.

También entrevistamos a Daniela Millaleo, cantautora mapuche; a Rosa Caniumil, profesora y encargada del Centro de Innovación y Emprendimiento de la Universidad Autónoma; y, Vanessa Curin, artesana mapuche, quien asegura ser descendiente de Lautaro. Todas provenientes de raíces mapuches, todas orgullosas de su pueblo.

A continuación, sus historias.

Rosa Catrileo, constituyente: “La discriminación fortaleció mi identidad”

Hoy, a sus 39 años, Rosa reconoce que no supo de discriminaciones hasta la separación de sus padres. Eliseo Catrileo era profesor básico rural y trabajó durante décadas sólo en comunidades mapuches de la comuna de Freire, por lo tanto, no había mayor cuestionamiento. Tanto niños como adultos, todos eran mapuches.

A los 12 años, tomó conciencia de las diferencias. Rosa comenzaba una nueva vida en la ciudad junto a su madre y el nuevo colegio acogía a estudiantes de todas las etnias. Ahí comenzó a escuchar los calificativos no sólo en la escuela, sino también por parte de la familia materna más lejana, quienes no pertenecían a dicho pueblo.

Las primeras discriminaciones fueron sólo palabras, como “indio” y “los chinitos”. Esta última era característica del mismo seno familiar, al ser los únicos mapuches. “Había un racismo encubierto”, dice. Pero Rosa asegura que no fue tan complejo, ya que “siempre destacábamos académicamente, entonces nos valoraban mucho en el colegio y en cada cosa que hacíamos”.

En ese momento junto a sus hermanos menores comenzaron a levantarse como mapuches con estudio y lecturas que ayudaron a conocer más a fondo la historia de su pueblo. Y al ingresar a la universidad, el fortalecimiento de la identidad fue total.

Estudiando Leyes en la Universidad Católica de Temuco Rosa conoce a quien se convertiría en el padre de sus tres hijos, Julio Marileo, quien había sido condenado por la Ley de Seguridad del Estado. “Ahí viene la conciencia política mapuche, porque antes estaba la conciencia de la identidad, pero no la política”, señala.

Rosa asegura que las discriminaciones no las ha vivido como víctima: “No me humillaron, fue una forma de fortalecer mi identidad con mayor razón, de buscar información, investigar y autoidentificarme como mapuche. Yo podría haber optado por negar esa identidad de mi familia paterna, pero fue todo lo contrario”.

Incluso, su padre decidió no enseñarles a hablar mapudungun para evitar precisamente la diferenciación. Le consultó años más tarde el por qué: “Pensó que como mi madre era chilena, nosotros nos íbamos a avergonzar de ser mapuches, íbamos a adquirir el tono mapuche y no quiso que viviéramos eso: discriminación, que nos miraran en menos”. Pero, Rosa asegura que se equivocó. “En algún momento, él se dio cuenta que había sido un error haber pensado en eso”.

Y lo fue. Rosa Catrileo asegura que lleva la fortaleza y la entereza de la mujer mapuche, el sentimiento de comunidad de aportar a lo colectivo. Y así llegó finalmente a posicionarse como una de las integrantes de la Convención Constituyente.

“(La discriminación) me hizo darme cuenta de la diferencia, me fortaleció para llevarla con orgullo y levantar con entereza este sentimiento de pertenencia al pueblo mapuche. Eso es lo que quiero transmitir. Hay una mirada de la sociedad donde a la mujer mapuche se le minimiza, pero en realidad es lo que me ha sacado a flote con mayor newen (fuerza en mapudungun)”.

Rosa Catrileo
Rosa Catrileo. CEDIDA

 

Respecto a la elección de Elisa Loncón como presidenta de la Convención, Rosa cuenta que comenzaron a reunirse quienes pertenecían a pueblos originarios semanas antes. Analizaron que su presencia era necesaria porque “somos un pueblo oprimido, reprimido. Siempre hemos estado sin voz, donde otros hablan por nosotros y pensamos que, si se quiere un nuevo Chile, se tiene que empezar visibilizando lo que siempre se ha negado, y más aún las mujeres”.

Fue una decisión colectiva pensada como pueblo, no unánime, relata. “Decidimos ver quién de nosotras iba a asumir este gran desafío. Y en eso Elisa es quien lo asume. Estoy contenta que haya sido elegida, el discurso que dio da cuenta de la voluntad con la que nosotros nos presentamos, de diálogo, pero también de pararnos de tú a tú”, finaliza.

«Estoy contenta que haya sido elegida [Elisa Loncón], el discurso que dio da cuenta de la voluntad con la que nosotros nos presentamos, de diálogo, pero también de pararnos de tú a tú.»

— Rosa Catrileo, constituyente.

Daniela Millaleo, cantautora: “Si antes éramos flojos y alcohólicos, ahora creen que somos terroristas”

Nacida y criada en una población ubicada en Macul, Daniela recuerda que justamente dichos terrenos fueron ocupados en los años 60 y 70 por quienes aseguraban que eran descendientes de los primeros mapuches. Se ubicaron y lograron construir sus casas. Y así se crió.

A sus 35 años, relata que sus primeros encuentros con la cultura mapuche fue responsabilidad de sus abuelos. En primera instancia con su abuela materna quien, a pesar de no identificarse como mapuche, vivía en un sector llamado “Lien” –plateado en mapudungun– en Curepto . Sus abuelos paternos, por su parte, eran pastores evangélicos.

Pero estos primeros conocimientos no evitaron que Daniela comenzara a vivir la discriminación. Así supo que era mapuche. “Me enteré cuando en el colegio me discriminaron por el apellido”, cuenta. Tras ese evento, le preguntó a uno de sus abuelos por qué ella tenía ese apellido y qué significaba. Le explicó que viene de “Millaleufu” que significa río dorado, y que le debía enseñar a quienes desconocen su pueblo cuántos años llevaban en la tierra.

Y los actos de racismo continuaron, a tal punto que le tiró en una ocasión una mesa a una compañera. Asegura que fue tan violenta la agresión, que esa fue su respuesta inmediata. “Actos de racismo viví durante toda la educación básica y media. Siempre lo viví”.

“Hay un tema de educación que te inculcan que lo mapuche es malo y la gente lo cree firmemente. Desde el 85, la educación tenía que ver con un sesgo racista colonial. Primero se folcloriza, pensando en una ruca con una determinada vestimenta, después se le inferioriza. Durante toda la vida he pasado por un montón de prejuicios y un montón de cosas que están aún en la sociedad chilena. Si antes éramos flojos y alcohólicos, pero creen que somos terroristas”, relata.

Ya como estudiante de Pedagogía en Historia es cuando comienza a involucrarse en temas más políticos y a vivir la religiosidad. Asegura que su estadía en la universidad fue bastante amena “porque la gente era bien perceptiva y consciente. Era bastante crítica y me tenían respeto”.

Considera que a pesar de que ya no vive situaciones racistas, sabe que las nuevas generaciones podrían tener que vivirlas. “Enseñar a mi hija que por su apellido la pueden molestar, es lo peor”. Pero se queda sin duda con lo mejor. “Tengo mi identidad y conozco mi historia. Eso es lo bonito, ser mujer mapuche y tener arraigo en lo ancestral que todavía conservamos”.

Daniela Millaleo
Daniela Millaleo. TWITTER

Y que Elisa Loncón haya resultado líder de la Convención Constituyente no le parece extraño. Daniela, como cantautora mapuche, asegura que la conoce e incluso han trabajado juntas.

“Ella tenía que ser la presidenta, siempre lo sentí así. Ella tenía que ser quien llevara todo esto y evidenciara a la mujer mapuche por su lucha ancestral. Ella es un ejemplo para todos nosotros y todas nosotras, es alguien que desarrolló su vida en plan para la causa mapuche. Elisa merece estar en ese lugar. Para nosotros justicia ancestral, para ella, más que merecido”.

Daniela dice no arrepentirse de nada de lo que ha hecho en relación a su pueblo. “Debo cantar por la causa mapuche y debo hacer mi trabajo hacia la causa en diferentes ámbitos. Me quedo con eso. Camino con tranquilidad y siempre de frente a nuestro pueblo”, concluye.

«Desde el 85, la educación tenía que ver con un sesgo racista colonial. Primero se folcloriza, pensando en una ruca con una determinada vestimenta, después se le inferioriza.»

— Daniela Millaleo, cantautora.

Rosa Caniumil, profesora: “Crecí con un padre que jamás puso tope a mis ambiciones”

Rosa recuerda que, a sus ocho años, cada vez que abría la ventana de su pieza, lo primero que veía era el guillatuwe, un espacio abierto de unos cien metros cuadrados donde se realizan antiguas ceremonias religiosas. “Y estaba nuestro lonco, quien hacía una rogativa mapudungun sagradamente en la madrugada a nuestro rewe (altar)”. Es un relato que siempre le cuenta a sus hijas.

Y es que esta ingeniera civil industrial de profesión creció en una familia mapuche en las cercanías de Temuco y desde muy pequeña participada de los guillatunes, ritos masivos que conectan a los participantes con el mundo espiritual para pedir o agradecer.

Los guillatunes siempre han sido parte de la vida de Rosa. Cada cuatro años, las distintas familias del loft se reúnen para hacer una ceremonia masiva, y cada dos años se realiza una pequeña que reúne a unas 200 personas. Marzo por medio el rito se tomaba el territorio y a las familias que lo formaban.

Pero Caniumil estudiaba en un colegio municipal en la ciudad y cada vez que visitaba el campo se conectaba con sus costumbres. Y fue en enseñanza básica cuando se dio cuenta que era mapuche y sus compañeros huincas.

Cuenta que estaba en plena clase de Historia, cuando su profesora comienza a hablar de los pueblos indígenas en Chile. Habló de los atacameños, los alacalufes, entre otros, y luego, los mapuches. “Estaban hablando de mí”, pensó. Recuerda que comienza una explicación respecto a las machis y los rituales donde convocan a distintos espíritus. Rosa levantó la mano y comenta que vivió precisamente un guillatún en su territorio dos días atrás, y así comenzó a contar su experiencia. “Ese día fui el centro de atención de la clase”.

Le consulto si vivió algún episodio discriminatorio. Me responde que no recuerda, porque era una de las más estudiosas de su curso y, además, había más niños mapuches presentes. Los papás de sus compañeras, cuenta, incluso la invitaban para estudiar con sus hijas y hacer tareas en conjunto.

Cuando comenzaban las vacaciones de verano, colgaba un calendario para ir tachando día a día porque “ir al colegio era una especie de descanso”. A pesar de que la vida en el campo era libertad absoluta, Rosa y sus tres hermanos también tenían mucho trabajo relacionado al cuidado del campo, sus animales y sus cultivos.

“Y es que todos deben trabajar, desde pequeños. Pero hay un equilibrio. Todos teníamos responsabilidades, contribuíamos, teníamos un rol y a medida que ibas creciendo, te ibas formando como una persona responsable”, asegura.

Una de las cosas que más la apena es no haber aprendido mapudungun en su infancia. Su mamá le decía que al menos tenía que entenderlo para que nadie hablara mal de ella y no la pasaran a llevar. Pero no le enseñó a responder.

“Me da pena porque el mapudungun es la base de la cultura mapuche, a través de eso se transmite el kimün (el pensamiento), pero también he logrado entender que no todos los hablantes tienen la capacidad de ser sabios. Y también las personas que no lo hablamos, con toda la experiencia que vamos teniendo en nuestro caminar, podemos transformarnos en una persona sabia”. Rosa sigue aprendiéndolo, al igual que sus hijas, Javiera y Pilar.

De todas maneras, Rosa Caniumil agradece haber crecido en una familia cuyos padres fueron amorosos, estuvieron juntos por 41 años, y sobre todo tuvo un padre que la miraba con cariño y jamás le puso tope a sus ambiciones.

Respecto al liderazgo de Elisa Loncón en la Convención Constituyente, Rosa señala que es un pequeño gran triunfo.

Rosa hoy es académica en la Universidad Autónoma de Temuco y está a cargo del Centro de Emprendimiento e Innovación (CEI), además, es miembro del Centro de Innovación y Emprendimiento Mapuche (CIM).

“Primero que todo porque es mapuche, porque hoy está en un lugar donde todos nuestros pueblos originados deben estar, valorados y admirados. Segundo, porque es mujer y preparada. Además, creció en estos dos mundos: creció en un territorio, lo es hablando de mapudungun; fue a la ciudad, estudió, compitió de igual a igual con sus pares de distintos lugares, logró objetivos. Por lo tanto, creo que es una fiel representante de lo que hoy día los pueblos originarios pueden y son capaces de hacer”.

Rosa Caniumil. CEDIDA

Vanessa Curin, artesana: “Entendí que era víctima de la ignorancia”

Siempre supo que era mapuche. En la casa de sus abuelos había fotografías de sus familiares con atuendos tradicionales y los cantos siempre eran en mapudungun. Aclara, incluso, que sus raíces empiezan desde Lautaro.

Se enteró en su época universitaria, cuando su profesor de Semiótica, que en ese tiempo estaba haciendo una investigación para un libro, le señaló que tras conocerla se dio cuenta que su apellido estaba en sus pesquisas y le mostró cómo recorre la historia de su descendencia hasta uno de los hijos de Lautaro.

Independiente de su linaje, Vanessa cuenta que cuando pequeña la discriminación que vivió fue brutal. “En la enseñanza básica me cantaban canciones ofensivas que hacían rimar con mi apellido, me molestaban por mi color de piel, por mi pelo, mis facciones, todo era un buen motivo de burla para mis compañeros”.

Pero dice no recordarlo con amargura, recibió mucho apoyo de su familia. Si había un cumpleaños al que no la invitaban, su padre armaba inmediatamente un panorama como llevarla a pescar al río y terminaba siendo un día maravilloso.

“Mi papá siempre me hablaba del orgullo que debía sentir por mi color de piel, siempre fue un tema ya que me molestaban mucho. Entonces mi papá con mucho amor me hablaba de la épica del pueblo araucano, de lo valientes que éramos, de cómo resistimos la conquista y que eso era motivo de orgullo y no de vergüenza”, asegura.

Con el paso de los años comenzó a entender el sufrimiento que vivió su familia por ser mapuches, como su bisabuelo que fue despojado de su tierra con engaños y perseguido. Dejó de vestir sus atuendos tradicionales para pasar a vestir traje y conseguir trabajo. Finalmente, a causa de la discriminación y la pobreza extrema emigraron a Mendoza, Argentina.

Vanessa relata que de adolescente vivió intentando mimetizarse entre su entorno. Iba a la iglesia evangélica porque ahí no la discriminaban, “pero ni siquiera hablaba de mi herencia indígena. Con eso logré durante la enseñanza media evitar sufrir la misma discriminación que viví en la escuela básica”.

Pero en la universidad nuevamente sufrió racismo escondida detrás del sobrenombre “la india”, luego de que sus compañeros se enteraran que era beneficiaria de la beca indígena. Ahí comenzó un acoso constante que desencadenó en una depresión.

“Después de ese periodo muy negro para mí, y con ayuda de terapia, decidí abrazar mi herencia y hacer vivos los consejos de mi padre. Ya no me molestó que me dijeran así, entendí que era una víctima ni siquiera de mis compañeros, sino de la ignorancia y de un país donde sistemáticamente se enseñó que los mapuches éramos flojos, tontos y torpes”.

Vanessa de lo único que se arrepiente es de no haber dedicado su vida profesional a rescatar esa herencia y compartirla. Hoy, a sus 42 años, lo está haciendo a través de talleres que espera retomar donde enseña telar y tejido mapuche.

“Estoy contenta y necesito traspasar este conocimiento a alguien más, es un sentimiento que me da energías cada día y me siento muy feliz, enseñando a mis hijos su historia para que ellos cuenten a los suyos de donde vienen q nunca sientan vergüenza de su herencia mapuche y de no sentirse coartados por ser indígenas. Y como mi padre me enseñó a mí, yo les enseño a ellos que son parte de un pueblo de hombres y mujeres valientes, que no se rinden que luchan hasta el final”.

Con respecto a Elisa Loncón, afirma que siempre quiso que una mujer mapuche tuviese la presidencia de la Convención.

“Y cuando al fin sucedió mi sentimiento fue de victoria, es algo histórico, es un ejemplo para el mundo entero que nos está viendo. Cuando sus primeras palabras fueron en mapudungún, al ver un auditorio ovacionándola, lloré de emoción, de felicidad, de orgullo, de reivindicación. Hubiese querido que mi padre estuviera vivo para ver”, finaliza.


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