Sobrevivir en pandemia y fuera de la ley: trabajadoras sexuales y su lucha por regulación en Chile

Exigen sus derechos laborales, estar protegidas y seguras. Las trabajadoras sexuales hoy son seguidas por policías y fiscalizadores sanitarios, sobre todo desde que comenzó la pandemia. Necesitan trabajar, pero no las dejan. Quieren trabajar, pero no en las sombras.

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Catalina se levanta, toma desayuno y enciende el computador. Así, en el mismo orden, todos los días. Con 22 años está en su último año universitario, vive con sus padres y está ad portas de comenzar a hacer su tesis para titularse. Divide su tiempo entre el estudio, los trabajos prácticos y los minutos que debe pasar conectada en clases virtuales, también con su trabajo.

Y es que ocupa cada momento libre para trabajar. No se despega de su celular, tampoco de sus redes sociales. Tuitea, se toma fotos, hace historias, graba videos, programa publicaciones y vuelve a tomarse fotos. “Cuando tengo ratos libres, hago contenido, lo dejo todo guardado y luego estoy pendiente de los mensajes”, expresa Catalina, quien desde el 2018 es trabajadora sexual virtual y principal testigo del aumento de este, producto de la pandemia.

Con la llegada del covid–19 y el confinamiento, la mayoría de los empleos debieron adaptarse al teletrabajo, incluso el trabajo sexual. Desde que se inició la pandemia, la plataforma Onlyfans ha crecido más de seis veces el número de usuarios, sobrepasando los 120 millones de suscripciones y ganancias que superan el 500%.

Según una encuesta efectuada en Santiago de Chile por la educadora Virginia Peralta de la Vicaría Zona Centro a trabajadoras sexuales cuya edad promedio era de 29 años, la causa más frecuente del trabajo sexual es por la necesidad económica.

Catalina comenzó a trabajar para pagarse los estudios. Al igual que Alice, de 24 años, quien ya terminó su carrera universitaria. Ambas son dos trabajadoras sexuales que han debido adaptarse a la nueva normalidad.

Estos son los testimonios de jóvenes que han optado por un trabajo que aún no es reconocido como tal. De jóvenes que esperan que se regule el trabajo sexual y se despenalice, que sueñan con no ser perseguidas y, lo más importante, que no sean violentadas, discriminadas, invisibilizadas.

El oficio más antiguo del mundo

Nancy Gutiérrez, presidenta de la Fundación Margen, recuerda que su primer trabajo en el rubro fue a principios de los años 80. Participaba de un show familiar, un espectáculo que contaba con orquesta, cantantes, bailarines, humoristas, incluso magos. Esta talquina se transformó en bailarina principal en un número que no superaba los seis minutos, pero que debía repetir tres veces por noche.

Luego, le siguieron los destapes. Recuerda que el desnudo era total pero usaban capas especiales y “todo se dejaba a la imaginación del público”. Y con el paso de los años, siguió evolucionando. Se abrieron los cafés con pierna. “Al principio era puro café y piernas, luego se sumó el toples. Las chicas bailaban y se sacaban los sostenes”, cuenta.

Después llegaron los nightclubs. Ya el foco no era familiar, sino sólo público masculino. En esos lugares también se empezó a ejercer el comercio sexual de forma clandestina.

Hace ya unos 20 años, Nancy dejó el show y fue invitada para capacitarse como monitora en prevención del VIH, fue una de las primeras en Chile. Ahí comenzó a participar más activamente en fundaciones y extender la importancia de tomar las precauciones necesarias y cuidarse.

Un estudio realizado por el Instituto de la Mujer, donde se recopilaron antecedentes otorgados por la Brigada de Delitos Sexuales de la PDI, señaló que de las mujeres que ejercen el comercio sexual, un 27% lo hacen en casas de masajes, un 25% son independientes, un 18% asiladas en prostíbulos, un 14% bailarinas de cabaret, un 10% de callejeras y un 4% en bares.

Catalina pertenece a ese 25% de trabajadoras sexuales independientes y autogestionadas. Desde su casa administra sus tiempos, el dinero, los clientes, el contenido y evalúa los riesgos. Lo virtual es lo que le da esa autonomía laboral.

«Ellos saben dónde se ponen las chicas, cómo trabajan, han allanado sus departamentos y se las han llevado detenidas. En las calles les gritan y las corretean, sobre todo en la plaza de Armas»

— Nancy Gutiérrez, presidenta de la Fundación Margen, sobre el trato de carabineros a trabajadoras sexuales.

Desde Fundación Margen, que trabaja en la promoción y defensa de los Derechos Humanos de las trabajadoras sexuales, se ha incentivado a través de capacitaciones y talleres la independencia laboral, sin tener que depender de un lugar para trabajar.

“Muchas trabajadoras arriendan departamentos entre ellas. En ellos viven y trabajan. Eso les da independencia y también, de alguna forma, seguridad. Eso de saber que hay una compañera al lado o que ante cualquier cosa hay más chicas, da mucha tranquilidad”, cuenta Catalina quien también pertenece a la organización sin fines de lucro hace años.

Sin embargo, no todo es independencia y seguridad. Aún en sus departamentos las trabajadoras son perseguidas, multadas y encarceladas por ejercer su trabajo. Según Catalina el problema de todo esto son las leyes. El trabajo sexual se encuentra en un limbo entre lo legal y lo ilegal que no las deja trabajar tranquilas.

“La ley dice que las trabajadoras sexuales deben ser mayores de edad y que mientras haya consentimiento está permitido. Sin embargo, también dice que no se pueden aglomerar en un lugar. Entonces, imagínate las trabajadoras sexuales que juntaron plata para arrendar un departamento y al final llegan a fiscalizar y les dicen que la arrendataria es una proxeneta, porque para ellos la persona que firmó el contrato de arriendo está otorgando ese lugar para algo que no está permitido”, denuncia Catalina.

Carolina Sepúlveda, abogada de la Asociación de Abogadas Feministas (ABOFEM), señala que “no existe ley que se refiera al trabajo sexual como un trabajo, más bien lo que hay es un vacío tanto en lo penal como en lo laboral y no hay ninguna regulación al respecto”.

Según el artículo Cotidianeidad, sexo/género y trabajo sexual: Las rutinas de Gabriela de Jacqueline Espinoza-Ibacache y Lupicinio Iñiguez-Rueda, “el trabajo sexual no es ilegal en Chile. Se permite que las personas mayores de 18 años lo ejerzan de manera voluntaria. Se persigue a los intermediarios y se les solicitan voluntariamente controles sanitarios a las personas que lo ejercen. Sin embargo, existen restricciones respecto a los espacios donde ejercerlo, pues desde 1931 el Código Sanitario prohíbe que personas trabajadoras sexuales se reúnan en prostíbulos, burdeles o casas de tolerancia y restringe que alquilen un recinto para dicho fin”.

“Al final muchas optan por trabajar en lugares o a personas que no ejercen el comercio sexual, sino que prestan un espacio”, detalla Catalina. “Y las chicas ponen todo en la balanza y ven qué es mejor para ellas, porque trabajando fuera de casa no sufrirían mayor perjuicio al fiscalizar el lugar. Entonces, muchas de ellas prefieren trabajar con proxenetas porque así es una forma de protegerse”.

Alice, antes de la pandemia, trabajaba en un café ubicado en la calle Teatinos. “Yo trabajaba ahí de lunes a viernes, cinco horas a la semana, a veces más, a veces menos. En realidad era un horario que me convenía mucho por los estudios”.

Ella llegó a trabajar en dos lugares en la misma calle. Necesitaba pagarse la universidad y solventar sus gastos diarios. Decidió dedicarse al trabajo sexual porque era el que más podía generarle dinero de todos los que vio. En ningún otro empleo y con las pocas horas que le destinaba iba a ganar lo mismo que en los café de Teatinos.

«Ha sido súper duro escuchar los testimonios de las compañeras, en las calles se vive mucha violencia, incluso desnudamientos por parte de las policías.»

— Alice.

“Primero busqué trabajo por Internet y empecé a ver los sueldos. Eran todos bajos, entonces saqué la cuenta de lo que iba a ganar en el café, más las propinas y me empecé a dar cuenta que realmente me convenía mucho trabajar ahí. Fue simplemente por eso. Yo ya le había perdido todo tipo de prejuicio a esto, entonces no tenía ese rollo. Fue como una oferta laboral muy buena la que se me abrió”, explica.

Alice trabajó desde el 2018 en dichos café y luego se volcó al trabajo virtual, pero no le ha ido tan bien. “No le he dedicado mucho tiempo”, confiesa. “Hoy estoy volcada a trabajar más en la fundación para ayudar a las compañeras de calle que no las dejan trabajar”.

Entre la violencia y el abandono estatal

“Ha sido muy engorroso para las compañeras trabajar en pandemia, porque ha habido mucha persecución policial”, cuenta Nancy. “Ellos saben dónde se ponen las chicas, cómo trabajan, han allanado sus departamentos y se las han llevado detenidas. En las calles les gritan y las corretean, sobre todo en la plaza de Armas”.

Desde que comenzó la pandemia, las trabajadoras sexuales que trabajan en la calle han sido víctimas del constante hostigamiento y violencia por parte de las policías y fiscalizadores sanitarios.

La pandemia ha sido un golpe duro para ellas. Entre las prohibiciones y normas producto de las medidas sanitarias y las limitaciones de desplazamientos, las trabajadoras sexuales han visto mermada su labor en las calles.

“Para ellas ha sido súper complejo”, expresa Catalina. “La violencia policial se ha incrementado un montón ahora durante la pandemia. Nosotras estamos haciendo levantamiento de casos de violencia, de cualquier tipo de violencia por parte de la policía y de funcionarios de salud”.

Siguiendo la línea de otras agrupaciones internacionales de trabajadoras sexuales, Fundación Margen está realizando 20 encuestas mensuales sobre casos de vulneración por parte de agentes del Estado. Organizado por la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe, Redtrasex, la fundación se encuentra levantando casos de violencia y violación de derechos humanos a trabajadoras sexuales.

“Al principio hacíamos 10 encuestas mensuales, ahora son 20”, explica Alice. “Es una tarea importante, porque tenemos pensado crear un informe de derechos humanos, que se está gestionando a nivel país como regional. Ha sido súper duro escuchar los testimonios de las compañeras, porque en las calles se vive mucha violencia, incluso desnudamientos por parte de las policías”.

Según Nancy Gutiérrez, más del 70% de las mujeres que integran la fundación son migrantes. Relata que las extranjeras son las más vulnerables: “Muchas deben pagar arriendo, gastos básicos y enviar dinero a sus familias”.

“Con poca red de apoyo que tienen acá en el país, deben salir a las calles a trabajar. No tienen otra opción, exponiéndose no sólo al virus, sino también a la misma violencia”, añade Alice.

Un portavoz del Ministerio de la Mujer señaló que a las trabajadoras sexuales se les ofreció apoyo en medio de la pandemia como parte de las nuevas medidas para combatir la violencia doméstica y que eran libres de acceder a los beneficios sociales “como cualquier persona”, según se publicó en abril del año pasado en CNN Chile.

“No existe ninguna ayuda estatal”, dice categórica la joven de 24 años. “Algunas compañeras han debido reinventarse trabajando de asesoras de hogar puertas adentro o vendiendo comida en general, pero no están ganando lo mismo. Además, como las compañeras migrantes no tienen sus papeles necesariamente al día, cuesta mucho sacarle la ficha del Registro Social de Hogares o postular a los bonos”.

De todas maneras, su presidenta señala que en la fundación cuentan con la ayuda de una trabajadora social que orienta a las integrantes a gestionar sus registros y así poder recibir algún bono como el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), entre otros. Algunas han recibido este beneficios, pero “son como 30 lucas, se les entrega una sola vez y los meses pasan”.

Nancy cuenta que el año pasado la Municipalidad de Santiago les entregó 20 cajas de alimentos en total y, en ese momento, la fundación reunía a unas 300 mujeres. Ante ese escenario, decidieron priorizar a las embarazadas o con recién nacidos.

Así nace el Fondo de Apoyo a Trabajadoras Sexuales, una campaña que busca recaudar dinero y donaciones para las compañeras más desprotegidas. Hasta la fecha, han recibido ayuda de distintas organizaciones, incluso artículos sanitarios para su protección como mascarillas, guantes y alcohol gel. Este jueves lograron entregar 107 cajas con mercadería y así será cada fin de mes.

El derecho a un trabajo reconocido y regulado

Hace unos años, Fundación Margen propuso levantar un proyecto de ley que nació de las mismas mujeres para regular el trabajo sexual. Sin embargo, se encontraron con las demoras que esto implica y del largo tiempo que podría pasar ese proyecto en el Congreso.

Es por eso que creen que hoy en día, lo mejor es establecer medidas que sean mucho más rápidas. “Creo que es más fácil quizás eliminar ciertos decretos”, expresa Alice. “Eliminar los del Código Sanitario o de la moral y las buenas costumbres”.

Para Alice el horizonte al que aspira es la regulación del trabajo sexual, aunque cree que “la despenalización sería lo más conveniente para el contexto actual”.

En lo inmediato, Catalina anhela con “que las chiquillas puedan trabajar tranquilas y que no exista esta violencia policial en donde a ellas se las llevan detenidas”.

Nancy apunta a que esto se soluciona con la legalización del trabajo sexual porque “es muy engorroso el tema de que persigan a las compañeras, las lleven detenidas, que no puedan tener un espacio para trabajar, que ese espacio sea adecuado y entreguen un buen servicio, que sea como cualquier otro trabajo”.

Con estas iniciativas, tanto Alice como Catalina y Nancy piensan que mejorará la calidad de vida de todas las trabajadoras sexuales. “El trabajo sexual debe dejar de ser un trabajo informal”, propone Alice: “Nosotras no podemos optar a pensiones dignas, la vejez de las trabajadoras sexuales se vuelve mucho más compleja y violenta, y encontrar arriendos de viviendas se vuelve sumamente difícil, por esto mismo. Yo quiero arrendar y en todas partes me piden contrato de más de 6 meses”.

Catalina añade que además de los cambios legales, también tienen que existir cambios sociales en donde “se regule el trabajo sexual en Chile y que sea reconocido como un trabajo para que al final se pueda ejercer sin miedo”.

“Desde el estallido social he notado que se han visibilizado distintos tipo de lucha y ha surgido mucho la discusión en torno al trabajo sexual”, detalla Catalina. “Hay que aprovechar esos espacios de discusión, aprovechar que la gente está cambiando la mentalidad para decirles y entiendan que nosotras somos trabajadoras como cualquier otra, que todas tenemos que trabajar al final para vivir y que cada una elige lo que trabaja”.

En esa misma línea, Alice propone establecer alianzas con las comunidades comunales: “Un trabajo de alianzas con las Juntas de Vecinos, porque ellos son los que muchas veces están más en contra del trabajo sexual en sus comunas”.

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