La primera campaña de vacunación en América y Chile: 22 niños huérfanos forzados a salvar vidas

Obligados por la corona española, 22 niños huérfanos viajan transportando en sus cuerpos el fluido para combatir la viruela. Son la esperanza que llegaría al Nuevo Mundo y también los desconocidos protagonistas del primer viaje humanitario de la historia.


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Aquel amanecer de otoño el viento soplaba a favor. Como de costumbre, una corriente gélida que helaba las fosas nasales corría en toda La Coruña mientras llovía. Ese 30 de noviembre de 1803 zarparía la imponente embarcación María Pita, de 160 toneladas.

Nada la detendría. Ni el frío, ni las grandes olas, tampoco la última epidemia que azotaba mortíferamente a Europa. La decisión ya estaba tomada y comandada por los reyes de España. La misión: salvar a miles de personas del último brote de viruela en el Nuevo Mundo. Los protagonistas: 22 niños huérfanos.

¡Leven las anclas!, gritó el comandante Pedro del Barco, a solo minutos de zarpar. Ya estaban todos a bordo, Balmis, sus dos ayudantes, los practicantes de cirujano, los enfermeros, la rectora del Orfanato de la Caridad de La Coruña y los 22 menores que habían sido los últimos en subirse a la embarcación.

Antes del mediodía, la corbeta María Pita, con sus 37 tripulantes, partió rumbo al nuevo continente, comenzando la travesía de Balmis que hoy se conoce como La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna.

Un viaje que consistió en llevar fluido de viruela bovina (cowpox en inglés) para inmunizar a la población americana de la viruela humana (smallpox). Fluido que fue transportado e inoculado en los cuerpos de 22 niños huérfanos, obligados a viajar por la Corona española como una especie de repositorio vivo.

Pero, ¿en qué consistía esta inmunización? ¿Qué tiene que ver un fluido vacuno con la viruela humana? ¿Por qué utilizaron niños? ¿Cómo llevaban el líquido en sus cuerpos? ¿Resultó?

Esta es la historia de la primera campaña masiva de vacunación en América y de cómo 22 menores huérfanos salvaron a un continente.

Sin embargo, para comprender este momento histórico hay que viajar un poco más atrás de aquella fría mañana de noviembre en el puerto de La Coruña. Específicamente a 1798, cuando Edward Jenner publicó su propia experiencia acerca de la vacunación.

La invención de la vacuna

A finales del siglo XVIII, el médico e investigador inglés Edward Jenner da a conocer el descubrimiento que lo convierte en “el padre de la inmunología”: la vacuna contra la viruela. Investigación que se basó en la observación de mujeres que tenían contacto con vacas contagiadas con el virus de la viruela bovina.

“El descubrimiento de Jenner, más que la inoculación, fue demostrar que las personas que ordeñaban las vacas y que mantenían cierto contacto con la viruela bovina tenían una protección frente a la viruela humana”, explica Marcelo Sánchez, historiador y académico de la Universidad de Chile.

De esa forma, se podía usar el líquido de las pústulas de una persona que había contraído la viruela bovina para inmunizar a otras. A su vez, cuando la persona vacunada desarrollaba las llagas, también era útil su fluido, denominado linfa, para vacunar.

Rastros de pústulas de viruela fueron encontrados en la momia del faraón Ramsés V, quien murió en el 1142 a.C. Se cree que la enfermedad llegó a Europa durante el siglo VII de nuestra era y a América en 1520. Durante ese periodo, múltiples epidemias sacudieron los continentes por los que se expandió.

Se estima que la viruela mató a más del 30% de las personas infectadas con el virus y quienes lograban sobrevivir quedaban, en su mayoría, con cicatrices, deformidades y ceguera.

Según Marcelo Sánchez, la viruela significó un impacto demográfico brutal en América, cobrando la vida de entre 20 a 25 millones de personas sólo en el Valle Central de México, en un periodo de 20 a 30 años desde el inicio de la conquista.

En Chile, en tanto, se produjeron 46 brotes de viruela que afectaron a los principales centros urbanos y puertos del país entre los siglos XVI y XVIII. Uno de los últimos de ese periodo fue el que golpeó fuertemente a Concepción en 1789, matando a cerca del 20% de su población, más de 1.300 personas.

Pero volvamos a los 22 niños de la corbeta María Pita que cruzaron el Atlántico a toda velocidad para que el fluido bovino inoculado no perdiera su cadena de transmisión.

Un viaje variólico

Atravesar el Atlántico en pleno invierno fue duro y abrumador. Además de las tormentas y el vaivén de las mareas, los 22 niños debieron acostumbrarse al frío de la embarcación. Sin embargo, fueron tratados como verdaderos reyes. Alimentados como nunca antes habían sido y cuidados como si tuvieran una verdadera familia.

A cargo de ellos estaba doña Isabel Zendal Gómez, enfermera española y rectora del Orfanato de la Caridad de La Coruña, quien cumplió a cabalidad la orden que el rey Carlos IV había encomendado en la Circular para la propagación de la Vacuna, fechada en San Ildefonso el 1 de septiembre de 1803.

“Serán bien tratados, mantenidos y educados, hasta que tengan ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase y devueltos a los pueblos de su naturaleza, los que se hubiesen sacado con esa condición”, instruía el rey.

Sin embargo, la verdadera intención tras esta circular no era el bienestar de los niños, sino que llegaran en buenas condiciones al Nuevo Mundo, sin cicatrices, sin secuelas, con la tez lozana, próspera, tan esperanzadora como la expedición misma.

Los 22 huérfanos del María Pita debían llegar a América como si nunca hubieran tenido viruela, aparentemente sanos para no crear desconfianza en los nuevos receptores de la vacuna en el nuevo continente.

 

«Ya existía algún tipo de conocimiento empírico popular en algunas zonas de Asia, Grecia, Turquía y África que lograban una inmunidad contra la viruela.»

— Marcelo Sánchez, historiador y académico de la Universidad de Chile.

Sin Balmis, estos niños no estarían arriba de la embarcación. Fue su idea incluirlos en la odisea humanitaria. En primera instancia convenció a la Corona española de expandir la vacunación por el Nuevo Mundo, lo que logró por la gravedad del último brote durante 1802 en el Virreinato de Nueva Granada –actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá–, pero luego se encontró con la dificultad de la conservación de la vacuna.

Dentro de Europa la linfa era transportada mediante hilos de lino o seda, que eran untados en las pústulas abiertas de una persona vacunada. Una vez que se llegaba a destino, se mezclaban los hilos con agua para reconstituir el fluido.

Sin embargo, este método perdía su poder en los meses de navegación. Otra técnica empleada en ese entonces y que tenía el mismo problema era el transporte del líquido entre placas de vidrio selladas. A pesar de que con estos procedimientos hubo casos de éxito en el envío hacia las colonias inglesas, en general no entregaban seguridad de que funcionaran.

“Los niños fueron el elemento de transporte y preservación. Algo bien crudo, porque eran huérfanos, y a la luz de los estándares éticos y humanitarios parece un procedimiento más bien cruel, ya que tomaron unos niños en su valor utilitario de repositorios frescos de suero de vacuna y después los abandonaron a su suerte”, opina Sánchez.

Los niños, de entre 3 y 9 años, fueron sacados de instituciones de Madrid, La Coruña y Santiago de Compostela. La lógica de llevar niños fue que por su edad era más probable que nunca hubieran desarrollado inmunidad a la viruela al no haber estado expuestos, ya que los brotes eran esporádicos.

Antes de partir, dos de ellos fueron inoculados con pus de viruela bovina, comenzando así con la cadena de conservación de la vacuna.

Ocho días más tarde, cuando los niños enfermaban y exhibían sus primeras pústulas, se les extraía el pus de la viruela bovina y se le inyectaba a otro par de niños. Esto se repitió hasta completar los once pares de menores que había sobre la embarcación.

La expedición llegó a Puerto Rico el 9 de febrero de 1804 y el 20 de marzo de ese mismo año desembarcó finalmente en Venezuela.

Solo un niño llegó enfermo finalmente a las costas de Venezuela. Solo uno con una única pústula que sirvió para inocular a las primeras personas en el continente americano.

La misión había comenzado siendo un éxito. En Puerto Cabello, 150 kilómetros al oeste de Caracas, la tripulación se dividió hacia el norte y el sur del continente.

El doctor Manuel Julián Grajales, miembro de la tripulación de Balmis y cirujano español, fue el encargado de dirigir las vacunas hacia Chile. Llegó a Valparaíso en 1808, pero se encontró con una sorpresa: la vacuna había llegado a la Capitanía General de Chile tres años antes de su arribo.

La variolización

El título de “padre de la inmunología”, que le dio a Jenner fama y reconocimiento mundial, es un calificativo que hoy se discute. Siglos antes ya se practicaba la inmunización contra la viruela en distintas culturas del planeta con la llamada variolización.

“Si investigamos históricamente, ya existía algún tipo de conocimiento empírico popular en algunas zonas de Asia, Grecia, Turquía y África que lograban una inmunidad contra la viruela”, menciona el historiador de la Universidad de Chile.

La variolización consistía en inmunizar a una persona exponiéndola al virus de viruela humana, pero de alguien que enfermó de manera leve. De esa manera, la persona se contagiaba sin agravarse y a la vez quedaba protegida del variola virus, que provocaba la enfermedad de la viruela.

Entre las técnicas que se utilizaron para inmunizar a la población estaban las practicadas en China e India que consistían, por un lado, en colocar prendas de personas infectadas a personas sanas y esperar a que presentaran fiebre; y, por otro, inhalar algodones empapados con pus extraído de pústulas frescas o polvos de costras recogidas un año antes.

En África y Constantinopla utilizaban la técnica de la incisión, que consistía en realizar un corte en el brazo de cada paciente y depositarle pus o costra pulverizada de pústula infectada de viruela humana.

“Hay dos personajes del siglo XVIII que son relevantes en este momento de la historia”, destaca Sánchez. “Una aristócrata británica, llamada Lady Mary Wortley Montagu, que al volver de Constantinopla promueve en Inglaterra el proceso antivariólico; y, también, Catalina la Grande de Rusia, que obliga a su familia a vacunarse, siendo ella la primera inmunizada para dar el ejemplo a su pueblo”.

Por su parte, en Occidente, mucho antes de la expedición de Balmis, el reverendo puritano Cotton Mather promocionó la variolización en Nueva Inglaterra luego de que uno de sus esclavos africanos, Onésimo, le contara que en África ya se inmunizaba contra la viruela, mediante incisiones en sus brazos.

En Chile también se practicó la variolización durante los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX. Sin embargo, todo cambiaría con la llegada de la nueva vacuna y la creación de juntas a cargo de Manuel Julián Grajales.

La vacuna llega a Chile

Cuatro años más tarde del exitoso desembarco en Venezuela de la corbeta María Pita, el médico y cirujano español Manuel Julián Grajales atracó en Valparaíso con el fluido bovino listo para ser inoculado.

Sin embargo, el pus de la viruela animal ya se encontraba en Chile. Le había pasado lo mismo en Quito, también en Lima, y Chile no podía ser la excepción. La buena conexión entre los virreinatos del continente había provocado la rápida distribución de la vacuna.

Franciso Javier Balmis
Retrato de Francisco Javier Balmis.

En la primavera de 1805, el gobernador de Chile, Luis Muñoz de Guzmán, recibió el fluido bovino para comenzar a vacunar a la población chilena. Fue un obsequio del virrey del Río de la Plata, Rafael Sobremonte, quien había obtenido la linfa en julio de ese mismo año, gracias a la visita de un comerciante portugués que había llegado a Montevideo con un cargamento de esclavos negros y, en los más pequeños de ellos, la vacuna conservada de brazo en brazo.

“El pus extraído de los brazos de los esclavos era puesto entre dos vidrios”, explica Paula Caffarena, directora del Centro de Investigación y Documentación (CIDOC) de la Universidad Finis Terrae. “Ese era el mecanismo que usaban para transportarlo. Ponían el pus entre dos vidrios, los sellaban para que así el fluido no tuviera contacto con el aire y llegó a Chile cruzando la cordillera, recibido por el gobernador de época, don Luis Muñoz de Guzmán”.

El único registro que existe de aquel momento es un informe que el gobernador envió al ministro de Gracia y Justicia de la Corona, José Antonio Caballero, informándole sobre la llegada e inoculación de las primeras vacunas en 1805.

«Según una certificación que Pedro Manuel Chaparro mismo remitió al gobernador, las primeras inmunizaciones se realizaron en el hospicio de pobres y en la Plaza Mayor (actual Plaza de Armas).»

— Artículo Salud pública, vacuna y prevención. La difusión de la vacuna antivariólica en Chile, 1805-1830, de la historiadora Paula Caffarena.

“Habiendo concebido el virrey de Buenos Aires la benéfica idea de remitirme por la posta fluido vacuno del que se propagó allí transportado de brazo a brazo de negros, he logrado ya ver extendida su inoculación en esta capital en tal feliz suceso…”, escribió Muñoz de Guzmán.

La vacunación estuvo a cargo del fray Pedro Manuel Chaparro, quien ya tenía experiencia inmunizando a la población y era uno de los pocos médicos que se había formado en la Real Universidad de San Felipe.

“Luis Muñoz de Guzmán autorizó a Pedro Manuel Chaparro para que realizara las primeras vacunaciones, quien en su opinión era ‘médico de la mejor reputación’”, narra Caffarena en su artículo Salud pública, vacuna y prevención. La difusión de la vacuna antivariólica en Chile, 1805-1830, publicado en 2016.

“Según una certificación que él mismo remitió al gobernador, las primeras inmunizaciones se realizaron en el hospicio de pobres y en la Plaza Mayor (actual Plaza de Armas) […] Vacunaciones iniciales que tuvieron buenos resultados, posibilitando el inicio de una sucesión de inoculaciones que permitieron conservar y propagar el fluido”, añade.

Grajales llegaba a Chile en medio de un proceso de vacunación que, hasta esa fecha, era exitoso, pero no tan masivo como querían. Informar y convencer a la población era un problema para la Capitanía General y no estaban logrando llegar a todas las personas para detener el virus. Fue entonces cuando pidieron ayuda a la Iglesia y a los hacendados de la época.

“En un mundo muy rural, donde Santiago era el centro de todo, la difusión fue algo bastante complejo”, asegura Caffarena. “No había redes sociales como ahora. Entonces, además de los carteles que pusieron en distintos puntos de la ciudad para informar sobre la vacuna, se les pidió a los sacerdotes que en el sermón durante la misa llamen a las personas a vacunarse, como también se les pidió a los dueños de haciendas que llevasen las vacunas a sus fincas para vacunar ahí a sus trabajadores”.

Con la llegada de Grajales la vacunación continuó por todo el país. El cirujano se sumó a las medidas tomadas por el gobernador Muñoz de Guzman y comenzó a inocular en Quillota, Aconcagua, Casablanca y Melipilla. Pero antes de eso estableció en Valparaíso la primera Junta de Vacuna, el 21 de enero de 1808.

Las Juntas

Las Juntas de Vacuna fueron instituciones creadas con el fin de conservar y difundir el fluido vacuno, como también informar sobre la inmunización a la ciudadanía y llevar un conteo de personas vacunadas.

Luego de formar la primera Junta de Vacuna en Valparaíso, Grajales llegó Santiago un 8 de abril de 1808 con una idea fija en su mente. Un plan que abarcaría todo el territorio y que permitiría elaborar un trabajo ordenado y colaborativo entre todas las Juntas del país.


1554
1765
1798
1804
1805
1808
1887
1918
1923
1959
1980

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Grajales creó en la capital la Junta Central de Vacuna, institución que veló por el funcionamiento de todas las otras del territorio y que se formó por decreto el 10 de octubre de ese mismo año.

“Las Juntas de Vacuna son heredadas de la tradición española”, detalla Caffarena. “La idea de la Junta de Vacuna no es de Chile ni de América, tampoco de Grajales. Son instituciones que ya se habían implementado en España y que habían funcionado con éxito”.

Las Juntas de Vacuna marcaron el inicio de lo que hoy llamaríamos un plan de vacunación: una institución que tiene como principal fin detener la epidemia, evaluar presupuestos, llevar un conteo de personas inoculadas y determinar cuántas personas trabajarán en ese proceso de vacunación.

Después de más de un siglo y medio de esfuerzos y campañas de vacunación, en 1959 se declaró a la viruela como erradicada de Chile. El 8 de mayo de 1980, tras una campaña internacional liderada por la Organización Mundial de la Salud, fue declarada como erradicada en todo el mundo.

A dos siglos de la primera vacunación

Sin lugar a dudas, hoy tenemos mayor acceso a la información y una capacidad de comunicarnos mucho más rápida y eficiente que la existente a comienzos del siglo XIX.

Tenemos mucha más tecnología de la que pudieron acceder Edward Jenner, Francisco Javier Balmis y el fray Pedro Manuel Chaparro. Sin embargo, seguimos con los mismos problemas y, en algunos aspectos, cometiendo los mismos errores.

Hoy vivimos una nueva pandemia y nos enfrentamos, también, a un proceso de vacunación en un periodo incierto, con un grupo de población que pone en duda este tipo de inmunización que lleva más de doscientos años practicándose alrededor del mundo.

También, en varios lugares del planeta, está en juego la confianza, la credibilidad de nuestras autoridades, la seguridad de nuestras creencias y, además, de cómo nos estamos estructurando y deconstruyendo como nueva sociedad.

“La vacuna contra la viruela es clave en la conformación de la idea de salud pública”, destaca Caffarena. “Permite comprender la importancia que tiene la salud pública en términos de lo universal. Porque desde que llega la vacuna se entiende que esta solo sirve si se la pones a todos”.

Además de sus múltiples servicios en América, la Expedición Balmis llevó la vacuna también a Filipinas –en ese entonces colonia española– y China.

Ojalá que los héroes de esta pandemia no sean abandonados como sí lo fueron los 22 niños huérfanos al terminar su odisea humanitaria. A quienes, según la historia, se les perdió el rastro apenas llegaron a América y nunca se pudo comprobar si, efectivamente, recibieron las regalías que la Corona española les prometió por embarcarse rumbo al Nuevo Mundo.

La lección es clara: sin ellos, Balmis no habría logrado detener la epidemia en el nuevo continente. Y hoy, sin la ayuda y participación de todos, tampoco lograremos detener la última pandemia del siglo XXI que ya ha cobrado casi tres millones de personas.

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