“Nunca pensé que iba a vivir en la calle”: los nuevos sin techo por culpa del covid-19

Jóvenes, comerciantes y habitantes de tomas han pasado a vivir en la calle por la crisis derivada de la pandemia. Algunos de ellos han debido pernoctar por uno, dos, tres meses y hasta un año a la intemperie, sin saber cuándo podrán volver a un hogar.


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Un mes antes de la revuelta social más grande de los últimos tiempos, Carlos (55) llega a vivir al lugar donde permanecerá por más de 18 meses: el Barrio San Borja. Es septiembre. Es 2019. Chilenas y chilenos acaban de celebrar sus últimas Fiestas Patrias sin mascarilla y Carlos, ferviente cruzado, cuelga la bandera del equipo de sus amores, como si estuviera marcando su nuevo territorio a un costado de la salida del metro Universidad Católica.

Desde ahí es testigo presencial de las evasiones masivas, de los cacerolazos, de los disparos y de las noches con toque de queda. También de una pandemia. La misma que nos ha afectado a todos y que, de manera perceptible, ha provocado el aumento de personas viviendo a la intemperie.

Las razones para llegar a la calle históricamente han sido otras, muy diferentes a una enfermedad originada en China. En 2017, cuando se presentaron los primeros y únicos resultados detallados del Registro Social de Hogares, se reveló que más de un 60% había llegado a esa situación por problemas con su familia o pareja.

Uno de ellos es Carlos, quien debido a un pasado consumo problemático de alcohol decidió alejarse de su familia: “Los dejé botados, porque peleábamos mucho y era alcohólico. Ese era mi problema, que era alcohólico”.

La historia de Carlos es la más recurrente entre las personas en situación de calle, un relato repetido y que no es difícil de encontrar, ni ahora ni hace dos, cinco o diez años. Pero desde la pandemia las historias que se han ido sumando a la calle son diferentes.

Él mismo lo dice: “Como en junio, más o menos, había caleta de gente viviendo en la calle, pero era gente nueva”.

Esas personas se vieron forzadas a dejar sus viviendas en medio de la crisis sanitaria y habitar la calle. Se trata de un grupo nuevo, uno que vemos a diario en el bandejón de la Alameda, en la calle Portugal, en la avenida Pedro Montt, y en los parques Forestal y Almagro, por nombrar sólo algunos.

Un grupo desprotegido, olvidado, sin nombre; o como Carlos los llama: los cabros de la carpa, el gallo con barba y la señora que tiene el marido comerciante.

La decisión de irse a la calle

Viviana (35) y su marido arrendaban una pieza en una antigua casa, cerca del Terminal de Buses San Borja. Son comerciantes callejeros. Les iba bien, tanto que llegaron a hablar de tener un hijo y de ahorrar para irse a algo más grande, pero la pandemia truncó sus sueños.

La cuarentena los dejó sin salir a trabajar y, por lo mismo, sin ingresos económicos. La ayuda del Gobierno ya no era suficiente y tuvieron que tomar una decisión que les cambiaría la vida en 180 grados: irse a la calle con lo poco que tenían.

“Vendimos las cosas más grandes y nos fuimos. Fue como a mediados de junio. Teníamos claro que iba a ser por poco tiempo, pero estuvimos casi tres meses, casi todo el inverno”, narra.

La segunda edición del Panorama Laboral en tiempos de la Covid-19, publicado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en septiembre de 2020, advierte que “esta crisis estaría exacerbando los elevados niveles de desigualdad existentes antes de la irrupción de la pandemia”.

Según el Informe Bienal, publicado en 2020 por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), Chile es uno de los tres países más desiguales de Latinoamérica. Desigualdad que se ha profundizado más durante la crisis sanitaria, golpeando fuerte a las personas más vulnerables.

Durante el lanzamiento del Plan Protege Calle en abril de 2020, el Ministerio de Desarrollo Social informó que a la fecha habían más de 15 mil 500 personas viviendo la intemperie. Pero desde entonces la situación ha empeorado significativamente, lo que cualquier observador atento puede notar en las calles de Santiago

“Como las cosas económicas están más complicadas, tenemos un número más alto de personas pobres y en situación de extrema pobreza. Por ende, deducimos que hay más calle, pues gente que antes arrendaba una pieza en 120 mil pesos ya no tiene esos 120 mil pesos para arrendar”, precisa Francisco Román, director ejecutivo de Fundación Gente de la Calle.

“Fue duro”, dice Viviana. “Pasé frío. Yo nunca pensé que iba a vivir en la calle, pero como nosotros somos comerciantes, no teníamos contrato ni seguro de cesantía ni nada de eso. A uno le cuesta ahorrar, porque vivimos con lo justo”.

Al igual que Viviana, Carlos me cuenta que con la pandemia tampoco pudo trabajar: “Es que no había nadie. Yo salía a vender parches curita y no había nadie”. Y relata que sobrevivió a la pandemia, en parte, gracias a la ayuda de los vecinos: “Ellos me aman, me cuidan, me dejan comida. ¡Es que soy un gallazo! Un hueón limpio, educado, sano. No hago daño”, destaca y me muestra el lugar. “¿No veí cómo tengo? ¡Soplao!”.

Vivir en la calle ilustración

A Carlos le gusta la limpieza y que todo su entorno esté impecablemente aseado. Se levanta todos los días a las 5:30 de la mañana y antes que abra el metro, él ya regó, barrió y se arregló para salir a vender sus parches curita.

Quienes también trabajan desde temprano son Pancho (28) y Toño (26), o los cabros de la carpa, como les dice Carlos. Una pareja de pololos que limpian parabrisas y a quienes la pandemia también les truncó sus sueños. “Nosotros somos de San Antonio, vivíamos con mi familia”, detalla Pancho.

“Llegamos el 14 de marzo del año pasado a Santiago. Veníamos a trabajar y se supone que yo iba a empezar el 15 en una bencinera, pero el mismo 15 se suspendieron todas las contrataciones y ahí quedamos”, rememora.

 

«Yo nunca pensé que iba a vivir en la calle, pero como nosotros somos comerciantes, no teníamos contrato ni seguro de cesantía ni nada de eso.»

— Viviana

Como ambos sabían que no podían volver a San Antonio, debido a conflictos familiares, decidieron arrendar una habitación en el centro de Santiago, que sólo pudieron pagar por menos de dos semanas Al igual que Viviana y su marido, Pancho y Toño tomaron la decisión de irse a vivir a la calle.

“Dijimos, ya. Vamos a probar. Esperemos un mes y veamos. Pero nos tocó justo el tema de la pandemia y fueron pasando los meses y ya llevamos un año”, cuenta Pancho.

Un grupo discriminado

“Nos dio el covid en julio, pero nadie nos pescó”, dice Pancho. “Nos hicimos el examen, nos dio positivo, y tratamos de buscar residencias sanitarias para poder irnos de acá, pero no nos dieron ninguna opción. Según ellos, no había residencias”.

El Hogar de Cristo en el documento Pobreza y pandemia manifestó su preocupación por la vulneración de derechos que podrían sufrir las personas en situación de calle durante la crisis por covid-19, pues “se sabe que esta población es habitualmente objeto de prejuicios y discriminación negativa en servicios de salud”.

“Tuve que hacer la cuarentena en la calle los catorce días. Me vinieron a buscar el día 12 y yo les dije que se fueran, porque, ¿de qué me servía ir, si estaba a dos días de cumplir la cuarentena? ¿Para qué iba a ir a huevear pa allá? Yo los busqué desde el día uno. Cuando supe que estaba enfermo, fui a pedirles que, por favor, me llevaran a una residencia sanitaria y no me quisieron pescar”, revela Pancho.

Andrés Millar, director técnico nacional de Hogar de Cristo, cree que en Chile somos campeones para el prejuicio y la discriminación. Sin embargo, gracias al trabajo conjunto de organizaciones y el Ministerio de Desarrollo Social, durante la pandemia se logró reducir un poco, según su percepción, la discriminación hacia personas en situación de calle.

“En las residencias sanitarias no querían que una persona en situación de calle hiciera la cuarentena. Sin embargo, como teníamos esta mesa de trabajo, íbamos a la mesa, colocábamos los puntos y eso se subsanaba, pero no era natural”, recalca Millar.

Una pandemia sin datos

Desde el inicio de la pandemia y, principalmente, durante el periodo de confinamiento total, trabajadores públicos de ministerios, servicios y municipalidades se volcaron al teletrabajo y comenzaron a realizar gestiones en línea. En la misma dirección, el Ministerio de Desarrollo Social determinó que todas las personas que se anotaran en el Registro Social de Hogares, para recibir apoyo estatal, debían hacerlo de manera digital.

El problema es que dentro de este registro también se anotan quienes viven en la calle. “Las personas que pueden acceder de manera online a los servicios del Estado son las menos, porque son las personas que ya están asociadas a programas sociales o las que están más informadas”, afirma Andrés Millar.

Debido a que el Registro Social de Hogares es la herramienta que tiene el Gobierno para contabilizar a las personas en situación de calle, se desconoce el número preciso de personas viviendo a la intemperie en la actualidad. Pero esa no es la única dificultad.

Hasta el día de hoy, el Ministerio de Desarrollo Social no ha entregado datos pormenorizados sobre la personas en situación de calle.

Las últimas cifras oficiales detalladas son las publicadas en agosto de 2017, cuando se implementó el Registro Social de Hogares aplicado a la población calle. Sin embargo, estos números corresponden al universo de sólo 126 comunas de las 346, contabilizando, en esa época, un total de 10.610 personas en situación de calle.

“No hay información actualizada y no veo la voluntad política de querer tenerla. Y el problema es que las instituciones tampoco tenemos la capacidad de generar ese tipo de información. Ni nosotros ni ninguna de las otras instituciones que trabajan con personas en situación de calle. La única forma de saber cuántas personas hay en la calle es realizar un catastro, pero el ministerio ha optado por no hacerlo”, enfatiza Román.

«En las residencias sanitarias no querían que una persona en situación de calle hiciera la cuarentena. íbamos a la mesa, colocábamos los puntos y eso se subsanaba, pero no era natural.»

— Andrés Millar, director técnico nacional del Hogar de Cristo.

El complejo acceso a la vivienda

Carlos sí se encuentra en el Registro Social Calle. Lo está desde antes de la pandemia y me cuenta que, al día siguiente, debe ir a la Municipalidad para actualizar su registro y ver la opción de poder acceder a una vivienda: “El otro día estuvo un gallo acá, que antes vivía aquí en la plaza de Lira con Diagonal Paraguay. Un gallo de barba que me dijo: ‘Estoy durmiendo con otro gallo en una casa y tengo de todo’”.

Carlos se refiere al programa Vivienda Primero, un convenio del Estado que busca sacar a las personas de la calle y darles una vivienda digna hasta por dos años, para que que la habiten dos personas, sin pagar nada.

Uno de los beneficiarios es Juan, que ronda los 50 años, el gallo de barba, quien, luego de haber sido desalojado de la toma en la que vivía, llegó a vivir a la calle en mayo del año pasado. “La mitad del invierno la pasé acá, en la rotonda al lado de la Cato. Ahora llevo como ocho meses viviendo en un departamento de La Cisterna”, asegura.

Millar afirma que “en Chile, uno de los accesos más difíciles para las personas es a la vivienda”, y propone consignarlo como un derecho fundamental, garantizado por el Estado en la Nueva Constitución.

Lo que queda por hacer

Tanto Francisco Román como Andrés Millar valoran el trabajo del Gobierno por aumentar el número de cupos en albergues y hospederías durante la pandemia a 9 mil 241, mediante el Plan Protege Calle. Sin embargo, ambos coinciden en que no es suficiente.

“El problema es la cobertura. Si uno suma la cantidad de camas disponibles del programa durante este periodo es baja”, expone el director ejecutivo de la Fundación Gente de la Calle.

¿Qué hacer? Ambos directores concuerdan en que la participación conjunta de más actores es la base para erradicar el problema.

Por un lado, Andrés Millar propone un modelo de intervención que se llama Gestión de Casos, que consiste en “asignar un profesional para que acompañe a una persona en situación de calle y que esta se mantenga en contacto con los distintos servicios que el Estado entrega desde diferentes ministerios, para que desde un solo lugar se le puedan abrir las puertas a la vivienda, a un trabajo protegido, a un proceso de rehabilitación, entre otros”.

Por su parte, Francisco Román propone un trabajo interinstitucional. “Debe existir una inclusión de más personas en el proceso: como el mundo académico, el mundo empresarial y las organizaciones que trabajamos con personas en situación de calle. Trabajar y elaborar planes de actuación conjunta, cada uno operando desde lo suyo”, argumenta.

Conclusiones a un año del inicio de la pandemia

A casi doce meses de haber comenzado el estado de catástrofe para detener la expansión del virus, Millar opina que seguimos en deuda con uno de los grupos más vulnerables de la sociedad: las personas en situación de calle.

Un grupo de alto riesgo, como lo manifiesta la Carta Humanitaria para enfrentar la Crisis Sanitaria de Fundación Gente de la Calle, que por “sus malas condiciones de salud se encuentra altamente expuesto al contagio del covid-19 al no contar con los servicios básicos de higiene”.

Para Millar, este sector continúa siendo marginado e invisibilizado, pues aún “no hay ningún anuncio de que la vacuna contra el covid-19 será priorizada para el grupo de personas en situación de calle”.

Hasta hoy, ni Carlos, ni Viviana, ni Juan, ni Pancho, ni Toño han sido vacunados. Y sólo algunos de ellos han logrado salir de la calle.

Juan sigue viviendo con su compañero de departamento en La Cisterna. Sale todos los días a trabajar como vendedor ambulante, aunque dice que está buscando “una peguita más estable”.

Viviana dejó la situación de calle hace unos meses y ahora vive junto a su marido en una pieza en Santiago gracias a la ayuda de conocidos. Trabaja en Estación Central, también en algunas ferias libres y asegura: “Nunca más quiero volver a vivir a la calle”.

Pancho y Toño aún esperan acceder a una vivienda. “Ha sido complicado. No podemos arrendar en cualquier lado y, además, no podemos encontrar pega”, se lamenta Pancho. Toño también quiere que la ayuda salga pronto: “Yo recibí un golpe cuando llegué, me pegaron en la cabeza. Y no quiero que me pase algo así de nuevo”.

Carlos, por su parte, aún sigue siendo vecino del Barrio San Borja. Espera también que su vivienda salga y que pronto pueda dejar ese rinconcito al lado de la salida sur de la estación Universidad Católica, que formó como su hogar.

“¡Ayúdame, po! ¡Ayúdame pa poder vivir bien!”, le dice a un trabajador social que lo visita, cuando este ya se está yendo. Carlos acostumbra a gritarle a la gente cuando se aleja. Lo hizo también con Juan cuando me lo presentó y con un chico que le vino a regalar una barra de chocolate.

Me despido de Carlos con un apretón de manos, con un abrazo, con un golpe de puños y y un choque de codos. Le recuerdo que al otro día tiene que ir a la Municipalidad para renovar su registro. Me promete que va a asistir a las 9:30. Le digo que se cuide, que trate de usar mascarilla de vez en cuando y me voy. A lo lejos escucho su grito: “¡Oye, te quiero! ¡Oye, mijo, te quiero! ¡Y cuídate!”. Lo observo hacer un último gesto, aludiendo al tricampeonato del equipo de sus amores.


*Los nombres de las personas en situación de calle fueron cambiados para resguardar su identidad e integridad.

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