“Te amo, pero necesito que te vayas”: el drama del aborto retenido en las voces de nueve mujeres

Las mujeres que sufren abortos retenidos muchas veces deben cargar por semanas con un feto que no presenta pulsaciones, sin contar con el apoyo emocional ni sicológico que necesitan. Nueve mujeres cuentan sus historias de ilusión, pena y rabia.


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Uno tras otro se fueron acumulando los testimonios en redes sociales después de que publicamos el pasado 8 de marzo nuestra crónica Cargar con la muerte, dolor y culpa: el trauma de mujeres que han sufrido abortos retenidos en Chile. En ella contábamos del drama de las embarazadas que deben esperar semanas para poder terminar un aborto retenido, en que el embrión o feto no presenta pulsaciones.

Pese a que desde 2011 existe una guía de Orientaciones técnicas para la atención integral de las mujeres que presenten un aborto y otras pérdidas reproductivas del Ministerio de Salud, que dice que se debe ofrecer a las mujeres ayuda para terminar inmediatamente con un aborto retenido, la realidad dista de la norma.

Según múltiples fuentes consultadas fuera de micrófono, estas directrices son adaptadas por los distintos recintos hospitalarios, por lo que a muchas mujeres no les presentan la opción de expulsar el feto con la ayuda de medicamentos y eventualmente un legrado ––intervención que sirve para extraer tejido de dentro de la cavidad uterina–.

Así, se las hace esperar por semanas a que lo expulsen naturalmente, lo que genera en muchos casos angustia y dolor.

En el artículo de marzo recogimos tres testimonios. Esta vez son nueve mujeres, de las decenas que contaron sus historias en redes sociales, las que nos narran en primera persona y en detalle sus experiencias.

Andrea Santana, 33 años: “Mi hijo estuvo seis semanas vivo y ocho semanas muerto dentro de mi vientre”

La pandemia parecía estar dando una pequeña tregua. Eran los primeros días de febrero y tenía en mis manos la prueba que avisaba de la gestación de un nuevo ser en mi interior. Si bien fue inesperado y no tuve el apoyo del padre, decidí continuar con mi embarazo y disfrutar del milagro de la vida.

Al cumplir los dos meses asistí a una ecografía de control. “No se escuchan los latidos”, dijo la ecografista, a lo que añadió: “¿Tú sabías que no tenía latidos?”. Su mirada de juicio me paralizó por completo. Me estaba enterando de que había perdido a mi hijo y, al parecer, la doctora tenía algunas dudas respecto a mi responsabilidad en la situación.

“Bueno, son cosas que pasan”, sentenció. Me diagnosticaron un aborto retenido de seis semanas, me entregaron el informe y me retiré en shock.

Me acerqué a la consulta de mi médico tratante. “Lo más probable es que lo botes solita”, me dijo. Salí llorando del lugar. No quise hablar con nadie durante cinco días. No entendía nada. Mi cuerpo no sabía lo que pasaba y continuaba con náuseas y otros síntomas de embarazo.

Fueron días de dolorosa espera. No fui capaz de levantarme a trabajar y mirar los pequeños ojitos de mis niños y niñas de educación inicial sin derramar lágrimas.

En ese momento fui en búsqueda de una segunda opinión. Esta vez exigí información sobre las alternativas que tenía, pero al final seguimos con el mismo plan de esperar.

Luego de un mes no pude aguardar más. Sentía que no podía vivir el duelo teniendo a mi hijo aún en mi vientre. Con catorce semanas de gestación llegué a Urgencias. Aún tenía el saco gestacional completo en mi útero. Recuerdo la pantalla del ecógrafo y mi vista se nubla. Ver que mi bebé seguía ahí me enfrentó conmigo misma: “Te amo, pero necesito que te vayas”.

Desperté el 1 de abril con mi útero vacío y el corazón apretado. Mi hijo estuvo seis semanas vivo y ocho semanas muerto dentro de mi vientre.

Jamás imaginé vivir una situación de tanta vulnerabilidad y violencia. Para los médicos, yo sólo tenía un “embrión que evacuar”. Pero, ¿qué sentía yo? Pues yo me preparaba para parir a mi inefable amor, ése que vino a cantarme sus latidos como regalo, melodía inolvidable.

Jamás tuve la consejería. No se siguió ningún lineamiento del Plan de atención integral de mujeres que presentan un aborto del Ministerio de Salud. Me pregunto si continúa vigente hasta el día de hoy. Espero que no, porque significaría que en Chile se están haciendo las cosas de la peor manera.

Claudia Poblete, 28 años: “Estaba con aborto retenido, tenía todo, todo aún dentro de mí. Ya habían pasado más de tres meses”

Me enteré el 10 de febrero de que tenía ya cuatro semanas de embarazo. Pero la felicidad duró poco. A los días empezó un leve sangrado y me dirigí a Urgencias. Estaba todo normal, eso decían. La historia se repitió unas seis veces. Me seguían diciendo que era normal, que a veces el bebé no se ve. Me asusté.

Comencé a sangrar mucho y decidí recurrir a otro recinto médico. Al llegar me hicieron una ecografía y estaba con un aborto espontáneo con 11 semanas. Se me cayó el mundo porque llevaba semanas con incertidumbre y miedos. Me mandaron para la casa a esperar.

Al mes volví. Me confirmaron que ya había eliminado todo. Entre el shock y la pena no tomé en cuenta nada más y a los tres días comencé a sangrar intensamente. Pensé que era menstruación, pero seguí sangrando dos meses y medio más, porque me dejé estar en esa situación por pena. Era un zombie, no reaccionaba solo lloraba.

El 4 de julio pedí hora con mi ginecólogo. Tres días después me revisó. Me dijo que estaba con aborto retenido. Tenía todo, todo aún dentro de mí. Ya habían pasado más de tres meses. Tenía una infección y debían operarme de emergencia.

El 15 de julio me operaron y quedé con endometriosis y anemia severa por el sangrado. Puse una queja en el OIRS del Ministerio de Salud. Se lavaron las manos diciendo que siempre se me explicó todos los procesos y que no tenían la culpa de nada. Me revisaron al menos ocho veces con espéculo y me hicieron tacto desde la semana cinco a la 11. A veces hasta siento que fue un aborto provocado por eso.

En cuanto al tino, nada, cero, absolutamente nada. Se debe evaluar bien al personal, no tiene tacto ni criterio para hablar y explicar los procesos. No es un resfrío, es un bebé, es una vida. Yo me perdí del mundo desde el 30 de marzo. No quería nada con nadie, hasta rechacé a mi esposo, lo llegué a odiar por la pérdida. Falta mucha contención emocional.

Alejandra Meza, 42 años: “Levantaba mi cabeza para ver a mis hijos tan chiquitos ahí en una bandeja fría sin poder despedirme de ellos”

Quedé embarazada en 2006 después de un año planeando este embarazo. Cuando tenía 12 semanas de gestación sentí un dolor muy fuerte en mi vientre. En la noche comencé a sangrar, sabía que eso no era normal así que al otro día temprano fui al consultorio.

Me confirmaron que no había latidos cardíacos, tenía un aborto retenido. Me mandaron a hacer reposo y que regresara a Urgencias cuando tuviera mucho dolor y sangrado abundante. Fueron cuatro visitas.

Yo les decía que si mi bebé estaba muerto por qué no me lo sacaban, ellos me respondían que mi sangrado era muy débil y que ellos estaban con los brazos atados porque en Chile no existe la ley de aborto terapéutico y tenía que esperar que mi cuerpo rechazara al feto.

Así pasé dos semanas de pena, miedo y rabia hacia mí misma por no haberme cuidado más. Un sábado comencé con hemorragia. Fuimos a Urgencias con diez frascos con todos los coágulos que botaba por si acaso en uno de ellos iba mi bebé. Estando allá fue terrible, el ginecólogo obstetra y la matrona que me atendieron me trataron muy mal, faltó que llamaran a Carabineros.

Me llevaron a pabellón para hacer un raspaje y esa palabra significó para mí que ya no había nada más que hacer, hasta que me interrumpe la voz de sorpresa del doctor: “¡Mira, eran gemelos!”. Gemelos, escuché eso y los vi ahí tan chiquitos, formaditos, sus manitos y piececitos tan pequeños. Ahí supe que serían hombres.

El anestesista fue el único que me trató con respeto, empatizando con el dolor emocional que estaba sufriendo porque no paraba de llorar. Levantaba mi cabeza para ver a mis hijos tan chiquitos ahí en una bandeja fría sin poder despedirme de ellos.

Después de ese procedimiento me subieron a recuperación a una pieza común en Maternidad. Me ubicaron al lado de una sala donde estaba una mamita con mellizos. Uno de los bebés lloró toda la noche y yo también. Me fui a casa sin ningún apoyo emocional ni contención psicológica.

Al año siguiente me embaracé nuevamente, pero no lo supe hasta que sufrí otro aborto y el estrés comenzó a pasarme la cuenta. Ya no dormía bien, comencé con ataques de ansiedad y a caerse mi cabello. Ahí supe que debía pedir ayuda profesional.

Ya han pasado 15 años. Ya no lloro tanto, aprendí a vivir con el duelo. Falta mucho por hacer en el sistema público acerca de la contención emocional de las mujeres que pasan por abortos retenidos y les falta ser más empáticos, colocarse en el lugar de aquella mamita que acaba de perder a su hijo, de perder sus sueños, sus anhelos de ver a su hijo crecer.

Paloma Gallardo, 34 años: “Estoy con tratamiento psiquiátrico y psicológico, tomando medicamentos para una depresión que a veces no me permite funcionar”

En febrero de este año sufrí un aborto retenido. El embarazo no estaba planificado, soy mamá de un adolescente de 14 años y fue bastante complejo salir adelante trabajando, estudiando y criando.

Absorta en el día a día y sus ajetreos, con mi compañero descuidamos los métodos anticonceptivos. Supe de inmediato que estaba embarazada, sentí los cambios en mi cuerpo. Mi médico me hizo exámenes de rutina y todo parecía ir bien, nos fuimos haciendo a la idea y nos entusiasmamos.

En la primera ecografía el doctor me dijo que aún no podía indicar que existía viabilidad y me citaron a una segunda una semana después. No había latidos. Nos dirigió a la sala contigua y nos dijo: “Bueno, tuvieron una pérdida, es ahora un aborto retenido y tenemos dos opciones: realizar un procedimiento aquí, o bien ir a casa y esperar”. Preferimos esperar.

Salimos con mi pareja y nos abrazamos.

Le pregunto: “¿Qué vamos a hacer?”. Me responde: “No sé”.

Nos tomamos las manos y lloramos. Al día siguiente no me sentí capaz de trabajar. Estaba abrumada sin saber qué iba a pasar, cómo sería el proceso de un aborto que nunca había vivido. De a poco comenzó el sangrado y me preocupé. Intenté averiguar por internet y pregunté a mis amigas, que me dieron el contacto de una matrona.

Me llamó al día siguiente y recién entonces sentí que alguien me explicó humanamente el proceso que iba a vivir, con qué síntomas debía estar alerta y que aún me faltaba un largo camino.

A la semana comenzaron las contracciones. Es el proceso más intenso, dura aproximadamente tres días en los que hay dolor y angustia, en los que hay que cerciorarse que el saquito gestacional sea expulsado ya que existe el riesgo de ser un aborto incompleto y tener que someterse a un procedimiento médico más invasivo.

«Fueron días de dolorosa espera. No fui capaz de levantarme a trabajar y mirar los pequeños ojitos de mis niños y niñas de educación inicial sin derramar lágrimas.»

— Andrea Santana, 33 años.

Han pasado dos meses y aún no me siento apta para reintegrarme al trabajo. Estoy con tratamiento psiquiátrico y psicológico, tomando medicamentos para una depresión que a veces no me permite funcionar.

Es un tema del que siento debe poder hablarse libremente y educarse. Todo el proceso lo viví con temor, sintiendo que podía ser acusada de haberlo provocado, no podía evitar pensar en otras mujeres con menos acceso a la información, o quizás niñas viviendo otras circunstancias. El aborto debe ser legalizado.

Yoselyn F., 38 años: “Recuerdo haberme quedado llorando sola en la calle con mi hija muerta dentro de mí por horas”

Fue en 2015. Yo había dado fin a una relación inestable, vivía sola con mi hijo de siete años y trabajaba. Me las arreglé siempre sola, mi mamá me echó de su casa cuando tenía 18 años.

La noticia de un nuevo embarazo me congeló los huesos. Lloré por días, me costó demasiado aceptarlo. No sabía qué hacer ya que apenas podía mantenerme con mi hijo y con dos me sería imposible. No cuento con una red de apoyo familiar, la relación con mi madre es deplorable, así que lloré sin parar hasta convencerme. Ya tenía tres meses de embarazo.

Pasaron dos meses y empecé a sentirme mal, muy mal. Fui a Urgencias sola y me confirmaron que no había latidos y que debía volver cuando tuviese hemorragia o fiebre. Me fui a casa sólo con esa información. Recuerdo haberme quedado llorando sola en la calle con mi hija muerta dentro de mí por horas, llena de incertidumbre, pena, miedos, tantos miedos.

14 días más tarde, un amigo me visitó y me vio tan mal que me llevó a Urgencias nuevamente. Ahí me suministraron por cinco días el Misoprostol con la esperanza de que pudiese expulsar de forma natural el feto.

Cuando se dieron cuenta que estaban a punto de perforarme el útero con tanta pastilla, me llevaron a pabellón para un legrado.

No sé qué fue peor, el procedimiento o que mi madre llegara a visitarme con una muñeca de regalo.

Pedí que la sacaran de la habitación.

A los dos días me enviaron a casa. No tuve ningún tipo de acompañamiento, ni asistencia psicológica. Lloré mucho tiempo y siento que es una herida que me acompañará siempre. Quisiera que nunca más una mujer tenga que salir de un hospital con su bebé muerto en el vientre, llena de incertidumbre y miedo. No quiero que ninguna otra mujer sufra lo que yo viví.

Me hicieron mal el legrado y quede con problemas permanentes. Basta de violencia obstétrica. Me desgarraron el útero y a los meses tuve que volver a hospitalizarme porque la herida me produjo un tumor. Hoy sólo sé que nunca más podré quedar embarazada.

«Me ubicaron al lado de una sala donde estaba una mamita con mellizos. Uno de los bebés lloró toda la noche y yo también. Me fui a casa sin ningún apoyo emocional ni contención psicológica.»

— Alejandra Meza, 42 años.

Elizabeth Pizarro, 41 años: “En mi útero aún había mucha sangre y me debían intervenir de urgencia. Esa noche pensé que iba a morir”

El 2 de febrero supe que estaba embarazada, tenía cinco semanas de gestación. Fue una sorpresa, llegó en el momento preciso después de años intentando. Pero 20 días más tarde, en mi segunda ecografía, sin tino ni empatía alguna el médico me señaló que el embrión no tenía latidos.

Me dijo que el aborto retenido era normal, que pasaba casi siempre. Me dirigí a Urgencias, donde me confirmaron el diagnóstico. El doctor me dio tiempo para asimilarlo y me comenzó a explicar que no fue mi culpa, que mi cuerpo lo rechazó y el embrión venía con una mala formación, que no me cuestionara y que podría tener otro bebé más adelante.

Eso sí, tenía que esperar entre dos a tres semanas al ser primeriza para expulsarlo. Le pedí que terminara esta agonía, pero insistió en que los protocolos son así y que debo esperar.

Me sentía mal emocionalmente. Tenía dolores que no me dejaban trabajar. No me dieron licencia ya que, según ellos, no se justificaba. Esa noche comenzó una hemorragia leve y volví. Me confirmaron que había botado todo y me mandaron a la casa.

Pero no terminó. Los dolores y los sangrados continuaban, sumado a la culpa que sentía en mi corazón.

El 7 de marzo fue el peor día de mi vida. La hemorragia empeoró y las fuertes contracciones eran incontrolables. Llegué al hospital en la madrugada desvanecida e hipotensa, sudorosa y con vista borrosa. Recuerdo que los coágulos de sangre salían de mí y se reventaban en el suelo. Es una imagen que jamás olvidaré.

La ginecóloga me confirmó que tenía un aborto no terminado, que en mi útero aún había mucha sangre y me debían realizar de urgencia el procedimiento de aspiración manual endouterina. Esa noche pensé que iba a morir. Es más, la hemorragia fue tal que quedé con anemia, que me estoy tratando y de la cual intento recuperarme.

Después de lo vivido creo que debe haber más apoyo sicológico y procedimientos más rápidos, sin tener que esperar. Es terrible llevar adentro parte de uno sin vida. Es un dolor del alma, duele el corazón. Digo basta a que nos dejen llevar ese dolor como un castigo.

Nayaret Tobar, 32 años: “No supe qué pasó con mi bebé. Tal vez lo botaron como desecho biológico o lo ocuparon para investigación, eso nunca lo sabré”

El 21 de noviembre de 2020 me hice dos test que marcaron positivo. Al comienzo fue difícil aceptarlo, porque me estaba cuidando –quedé embarazada con la falla de pastillas anticonceptivas Anulette– y estaba sin trabajo.

Pero lo asumí, le di la noticia a mi familia y todo era maravilloso, las inseguridades de a poco se iban y yo comenzaba a sentirme embarazada y feliz.

Ya había cumplido los tres meses cuando comenzó el sangrado y decido ir a Urgencias. El médico me señaló que sólo era un poco de sangrado antiguo, pero insistí en saber cómo estaba mi bebé. Sin titubear me dice: ”Pucha, tu guagua no tiene latidos y lleva dos semanas muerta en tu vientre”.

En ese momento sentí como si me hubieran tomado el corazón y me lo estrujaran. Me puse a llorar, estaba sola.

El médico comenzó a hablar de los pasos a seguir, confirmándome que tenía un aborto retenido. Fue tan frío, yo ahí con las ilusiones hechas trizas y él hablándome de que tenía que esperar dos semanas y si no lo expulsaba en ese lapso de tiempo tenía que internarme para un ”vaciado”.

Tras una semana desde el primer sangrado me vino una hemorragia y dolor horrible. En ese momento por fin pensé que ya había acabado todo, pero no. Tuve que esperar casi dos semanas para que me hicieran la ecografía y, para mi sorpresa, ver que mi hijo seguía ahí, más claro y mucho más formado, pero sin latidos.

El mundo volvió a derrumbarse, pero esta vez tenía que hospitalizarme para un legrado. No quería llegar al hospital, pero ahí estaba, parada afuera, muerta de miedo junto a mi pareja.

Ya adentro me señalaron que debían ponerme Misoprostol en el cuello uterino para que se dilatara. Al rato comenzaron los dolores no fuertes. A las dos de la mañana me pasaron a pabellón, el legrado fue rápido. Fue un alivio.

Fueron 23 días de mucha incertidumbre, con la carga emocional que conlleva esa situación y la poca información. Quieran o no esto es un duelo. No supe qué pasó con mi bebé. Tal vez lo botaron como desecho biológico o lo ocuparon para investigación, eso nunca lo sabré.

Grissell Burgoa, 40 años: “Debería haber un protocolo más claro, menos doloroso y menos invasivo”

En el año 2016 llevaba seis años de relación, cinco de convivencia. Había estado tres años sin usar métodos anticonceptivos y no había logrado quedar embarazada, por lo que hacerme un test y que saliese positivo fue una gran alegría para mí.

En la primera cita no se escucharon los latidos del embrión. Me dijeron que a veces pasaba. Me preocupé un poco, pero no quise darle muchas vueltas al asunto.

Me llené de preocupaciones. Comencé a sangrar y recuerdo que mi médico me dio unas pastillas para “afirmar la guagüita”. A las dos o tres semanas empecé con unos dolores horribles, fui a Urgencias como cuatro veces. En la segunda ocasión me tomaron una ecografía y el doctor me dijo que no había feto, que era un huevo vacío. Insistió en que había que esperar, no entendí bien qué.

La tercera vez que fui a Urgencias el doctor confirmó lo mismo que en la segunda cita. Le pregunté si me podía dar licencia médica ya que trabajaba, me respondió que no se daba licencia por eso.

Al día siguiente desperté con un dolor inigualable, sentía que me iba a partir en dos. Me ingresaron y me colocaron unos calmantes. En ese minuto ya lloraba de pena porque aquello que debía esperar era que se produjese un aborto en forma natural, y recién en ese momento lo entendí. Llegó un médico y me preguntó qué era lo que quería hacer, le dije que sólo quería acabar con esto.

Me ingresaron a pabellón, pero nadie me explicó en qué consistía el procedimiento. Durante la intervención no sentí dolor, pero sí el movimiento de las herramientas que usaba el doctor en el legrado.

Me pasaron a recuperación. Sólo podía irme si es que lograba tener movilidad en las piernas. Llegó una enfermera y me pidió que me pusiese de pie. No pude hacerlo y casi me caí. Se enojó. Como a la media hora ya había recuperado la movilidad y me dieron de alta.

Estuve llorando como un mes. Recuerdo que lloré mucho y que cuatro meses después me separé. Ahora pienso que estuve con depresión, que nunca me traté.

Debe haber un protocolo específico en estos casos y no hacer esperar a la mujer, y sin dejarle en claro qué es lo que debe esperar. Yo estaba tan conmocionada emocionalmente que nunca comprendí que debía esperar que se produjese el aborto en forma natural y una parte de mí creo que se negó a aceptar que no había feto en mi embarazo. Sólo con el tiempo entendí que no logró formarse un bebé en mi vientre. Debería haber un protocolo más claro, menos doloroso y menos invasivo.

Ana Espinoza, 33 años: “Necesitaba darle un final. No era olvidar a mi hijo, pero la presión y el dolor cada día me llevaban por un camino más obscuro”

En 2017 conocí a mi actual pareja, fruto del amor quedé embarazada de mi primer hijo. Todo era felicidad, comenzamos a asistir rigurosamente a los controles y a las ansiadas ecografías. Era el momento de poder ver a nuestro hijo y sentirlo más tangible.

Mi embarazo fue normal, mucho antojo y bastante vómito, aunque exactamente a cinco días de cumplir los tres meses todos los síntomas desaparecieron. Siendo muy honesta me sentí feliz, pensaba que había superado la primera etapa y estaba lista para la siguiente. Luego me enteré que los motivos de la súbita detención de mis síntomas fueron otros, totalmente opuestos a los que yo pensaba.

La semana 14 comenzó con un pequeño sangrado que nos puso los pelos de punta. Llegamos a la consulta y en el preciso momento que el ecografista posó el transductor en mi abdomen supe que mi vida se derrumbaría, me quedé helada. Pasaron segundos interminables hasta que casi inaudiblemente el médico dijo “no tiene latidos” y fue la confirmación de lo que ya sabía.

Fue el detonante del llanto más profundo que he tenido en la vida. Los días siguientes fueron de mal en peor. Después de visitar a mi ginecólogo, nos quedamos con más dudas. El diagnóstico fue aborto retenido y la indicación “debes abortarlo naturalmente”, lo que no tenía ningún sentido para mí.

Ahí empezó mi peregrinación de médico en médico. Nadie entendía que pedirme hacer una vida normal no era posible, que esperar de uno a tres meses con mi hijo muerto dentro mío no era normal, que levantarme cada mañana a trabajar sabiendo que podía abortar era una tortura psicológica que ya no estaba logrando manejar.

Sin embargo, era la propuesta de cada profesional que vi. Mi edad, el hecho que era mi primer embarazo y mi deseo de tener más hijos respaldaban que era la “mejor opción” desde el punto de vista biológico.

Creo que fue el sexto médico el que me pidió una nueva ecografía, Ya habían pasado dos meses y yo aún no podía hacer el duelo, decirle adiós a mi hijo y tratar de continuar mi vida. Ella fue la única hasta ese momento que empatizó con mi sentir y dolor. Me derivó a con una colega de ella y recién al llegar a su consulta sentí algo de alivio.

Toda la procesión de especialistas había llegado a su fin. Ella comprendió perfectamente lo que yo venía pasando y me propuso hacer un legrado, a lo que yo accedí inmediatamente.

Necesitaba darle un final. No era olvidar a mi hijo, pero la presión y el dolor cada día me llevaban por un camino más obscuro. Llego el día del legrado. Desperté en una sala de recuperación junto a madres que sí habían tenido a sus hijos, sólo separada por una cortina, y en ese momento me di cuenta que comenzaba a experimentar la pérdida, el dolor de perder un hijo.

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