Mujeres violentadas y silenciadas en el siglo XXI: el terror de vivir con “apartheid de género”

Lo que hoy vive Afganistán en cuanto a derechos de las mujeres ha ocurrido en numerosos países durante toda su historia. La figura femenina no tiene poder, sino que es reprimida. ¿Se puede luchar contra esta segregación de género?

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Prohibido trabajar, prohibido estudiar, prohibido hacer deporte, prohibido mostrar alguna parte del cuerpo, prohibido salir sin la compañía de un familiar masculino, prohibida la atención médica por varones, prohibido asomarse a los balcones o las ventanas de sus casas, prohibido reír, prohibido hablar, prohibido, prohibido y prohibido.

Estas son sólo algunas de la larga lista de restricciones que entre 1996 y 2001 los talibanes establecieron para las mujeres afganas. En ese periodo se las redujo al hogar haciéndolas desaparecer de toda esfera pública y, por qué no, de la sociedad misma.

Las prohibiciones traían consigo no sólo los impedimentos de moverse libremente en espacios públicos o sobre el dominio de sus cuerpos, sino también castigos. Violaciones a sus derechos e integridad que con la llegada de los talibanes al poder, una vez más, traen de vuelta el horror experimentado por la población femenina.

El peligro está latente y amenaza con traer de vuelta los episodios más oscuros que tuvo que experimentar la población femenina afgana hace veinte años. Un estudio de ONU Mujeres determinó que en Afganistán, durante la presencia talibana, se vivió un “apartheid de género”, imposibilitándolas de hacer cualquier actividad fuera de casa, incluso asomarse al balcón sin la presencia masculina. Sin embargo, no es el único lugar del mundo donde las mujeres son víctimas de esta situación.

El retorno de la Sharía en Afganistán

Desde azotes y golpes por no llevar correctamente la vestimenta o mostrar los tobillos, hasta lapidaciones en público por mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio, eran parte de los castigos que la Sharía o Ley Islámica tenía para las mujeres afganas durante el primer periodo gobernando Afganistán de los talibanes, entre 1996 y 2001. Además de amputaciones, abusos sexuales, secuestros, matrimonios no consentidos con niñas, hostigamiento y la muerte.

La Sharía es la ley religiosa islámica que regula todos los aspectos públicos y privados de la vida, y cuyo seguimiento se considera que conduce a la salvación. Basado en un conjunto de textos sujetos a interpretación, como el Corán, la Sharía establece un código de conducta en la comunidad afgana, determinando una serie de hadd o penas severas para distintos tipos de delitos o crímenes, regulando la vida de las mujeres.

Para los talibanes, las mujeres pertenecen a una categoría inferior: no tienen derechos, no tienen opinión, no toman decisiones e, incluso, su palabra no tiene valor en los tribunales. Todos los delitos y crímenes que establece la Ley Islámica deben ser probados por hombres.

“Van a trabajar hombro con hombro con nosotros”, declaró el portavoz talibán, Zabihullah Mujahid, en una inusual rueda de prensa realizada este martes en Kabul, al referirse al rol que tendrán las mujeres en el nuevo Gobierno. Aseguró que bajo el estado talibán “no habrá discriminación” hacia las mujeres, garantizando que se respetarán sus derechos, pero “dentro de la ley islámica”. Sin embargo, las organizaciones internacionales no confían en sus buenas intenciones.

En febrero de 2020, los talibanes firmaron un acuerdo de paz con Donald Trump, en el que se comprometieron a mantener la paz, prevenir el terrorismo y establecer un diálogo con funcionarios, políticos y la sociedad civil de Afganistán, a cambio de la retirada de tropas estadounidenses.

Sin embargo, apenas se fue el ejército se tomaron el poder con violencia y según cifras de la ONU, los muertos y heridos en Afganistán a manos de los talibanes durante la primera mitad del 2021 aumentaron casi un 50% en relación al año anterior. La mitad de ellos son mujeres y niños afganos que fueron asesinados, violentados y abusados por miembros de la insurgencia, siendo el número más alto desde que comenzaron los registros en 2009.

Las mujeres y niñas afganas hoy están en riesgo. La libertad de la población femenina en manos de talibanes ha sido arrebatada, haciéndolas retroceder no en veinte años, sino que más de 15 siglos.

Afganistán apartheid
Mujeres protestando contra los talibanes en el vecino Pakistán en 1998. RAWA

El peligro, independiente de la zona donde residen, es inminente y las redes sociales han sido clave para exponer su preocupación y desesperación ante el alcance talibán.

A través de una carta, la cineasta y directora de la Organización del Cineastas Afganos, Sahraa Karimi, hizo un llamado al mundo. “Es una crisis humanitaria y el resto del mundo está en silencio. Los medios de comunicación, los gobiernos y las organizaciones humanitarias mundiales guardan silencio conveniente, como si este ‘acuerdo de paz’ con los talibanes siquiera fuera legítimo. Nunca fue legítimo. Reconocerlos les dio la confianza para volver al poder”.

«Creo que más que sentimiento de odio o miedo (hacia las mujeres), hay un rechazo a la cultura occidental.»

Maureen Neckelmann, investigadora del Centro de Estudios de la Religión y del Instituto de Sociología de la Universidad Católica de Chile (UC).

Safia y Sahar, ambas estudiantes de 26 años, sienten que sus sueños están en jaque, de acuerdo a ElDiario.es. “Soy estudiante desde los 16 años. Mi sueño habría sido ser profesora de universidad algún día, pero la vuelta de los talibanes supondrá para mí el encarcelamiento en mi propia casa y mi muerte, poquito a poco”, dice Safia.

“Con los talibanes avanzando hacia las ciudades y escuchando el trato degradante al que someten a las mujeres, soy totalmente incapaz de dormir. Si ese grupo terrorista entra a mi ciudad, matarán a algún miembro de mi familia y me azotarán en público por llevar zapatillas de deporte y no burka. Prefiero ya no preguntar al mundo qué está haciendo por Afganistán”, menciona Sahar.

Apartheid de género

En 2011, el sitio Infidel Task Force realizó una entrevista a la especialista Phyllis Chesler, psicóloga, escritora y académica estadounidense de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, quien dio una definición detallada de lo que para ella era el “apartheid de género” que se experimentaba en la comunidad islámica.

“Consiste en todas aquellas prácticas que condenan a las niñas y mujeres a una subexistencia separada y subordinada, y que convierten a los niños y a los hombres en los guardianes permanentes de la castidad de sus parientes femeninas”, manifestaba.

La palabra “apartheid” viene de la lengua afrikáans, hablada en la zona más austral del continente africano e idioma oficial en Sudáfrica y Namibia, y significa separación.

La investigadora del Centro de Estudios de la Religión y del Instituto de Sociología de la Universidad Católica de Chile (UC), Maureen Neckelmann, aclara que el concepto de apartheid es “una forma de describir un sistema de segregación radical, que surge en base a la experiencia sudafricana, a partir de la diferencia racial”.

Bajo esta premisa, Neckelmann manifiesta que el término “de género” que se le acuña al concepto “apartheid” se debe a que de la misma manera que la raza, “el género es una categoría adscrita a nosotros mismos, de pertenencia irreversible, especialmente en sociedades tradicionales”. Sin embargo, en este caso “la fundamentación y tratamiento varía”, pues el “fundamento de separación incluye nociones religiosas y no meramente políticas”, como ocurrió en Sudáfrica.

Este mecanismo sistemático de discriminación, tanto económico como social, contra las mujeres que ha impuesto la Ley Islámica, ha sido denunciado también por otras pensadoras contemporáneas, utilizando también, el concepto de “apartheid de género” para definir el horror de prácticas, tanto físicas como legales, para colocar a las mujeres en posiciones de sumisión.

En 2018, la periodista, bloguera, escritora y activista iraní Masih Alinejad publicó el libro El viento en mi cabello: Mi lucha por la libertad en el Irán moderno. Según sus mismas palabras “es la crónica de cómo todas las mujeres comunes y corrientes tienen el poder de luchar contra formas institucionalizadas de apartheid de género para un futuro mejor”.

Cuando en 2014 y desde el exilio, publicó una foto suya en Facebook sin hiyab con el texto “cada vez que corro por las calles de un país libre y siento el viento en mi pelo, me acuerdo de aquellos tiempos cuando mi pelo se sentía como un rehén”, nunca pensó que lo estaba haciendo era incentivar a otras mujeres a liberarse.

Luego de subir otra fotografía sin el velo islámico y manejando por las calles de Irán, muchas mujeres se dieron el valor de hacer lo mismo y fotografiarse sin el hiyab. Así nace el sitio web My Stealthy Freedom (Mi libertad clandestina), un plataforma para servir a las mujeres que luchan contra la imposición del velo en Irán.

Otra mujer que ha denunciado la sistemática vulneración de derechos de las mujeres por parte del mundo islámico es la periodista, escritora y activista feminista egipcia-estadounidense,Mona Eltahawy, quien en 2015 publica su libro El himen y el hiyab: ¿Por qué el mundo árabe necesita una revolución sexual?, que presenta el resultado de entrevistas a muchas mujeres de Medio Oriente y Norte de África.

El texto habla de las difíciles condiciones en que se desarrolla la vida de las mujeres en territorio islam y como han sido oprimidas y marginadas de la sociedad a lo largo de la historia. Entre los países que menciona en su libro está Arabia Saudita, que según la propia autora es el país donde las mujeres, y principalmente las feministas, son las más marginadas, asegurando que en dicho país “se vive un apartheid de género”.

En una entrevista organizada por la Universidad Abierta de Cataluña y realizada por la profesora María Porras, quien tradujo el libro de Eltahawy al español, la periodista manifestó que hasta el día de hoy hay mujeres detenidas por manifestarse en contra del gobierno saudí y por denunciar la serie de restricciones y castigos a las que son sometidas.

La periodista egipcia-estadounidense asegura que el nombramiento del príncipe heredero, Mohamed bin Salmán en 2017, ha sido solo un lavado de imagen para Arabia Saudita. Pues quien ha parecido ser una renovación positiva en la política interna del Reino para la comunidad internacional por una serie de aperturas en la legislación, es el mismo que amenazó legalmente en 2018 a la activista Israa al-Ghomgham con la decapitación por participar y filmar protestas.

Todo este tipo de medidas y penas están regidas por leyes que se han establecido mediante interpretaciones extremistas de la religión. Para la investigadora UC la radicalización de estos principios religiosos se dan sólo cuando existe una sociedad secular que los rechaza. En este caso, además, “una civilización occidental de origen europeo a la que se observa como un enemigo”.

Para Neckelmann, lo que ocurre con la aplicación de esta serie de restricciones a las mujeres, y que hoy podemos ver resurgir en Afganistán, no se debe principalmente a un miedo u odio hacia las mujeres por parte de la comunidad islámica masculina. “Hay factores geopolíticos varios. Creo que más que sentimiento de odio o miedo (hacia las mujeres), hay un rechazo a la cultura occidental que se entiende como una imposición por la fuerza. Esto se agrava cuando los que deberían haber establecido un régimen alternativo fracasan en su intento”.

Tuit del jefe del canal afgano TOLO News que muestra cómo pintan anuncios con mujeres en Kabul.

Por su parte para la psicóloga Phyllis Chesler, en este “apartheid de género” que practica el mundo islámico, hay una evidente “misoginia criminal”. Acusa que debido a este término ha sido catalogada de islamófoba y que ha pretendido denostar a un tipo de población. Sin embargo, especifica que con esto no está “apuntando solo a la misoginia islámica porque sea islámica, sino más bien porque es criminalmente misógina”.

Justamente, esta afirmación hace referencia a que el “apartheid de género”, además de aislar a las mujeres de las esferas públicas, quitarles sus derecho y dejarlas a merced de una figura masculina, tiene otro común denominador que la hace representativa: ocurre en los países donde el islam gobierna.

Maltratos normalizados a hijas y esposas, velos forzados, matrimonios concertados (incluso infantil), violaciones y hasta mutilación genital femenina ocurre hasta el día de hoy en gran parte de la zona geográfica que abarca el norte de África y Medio Oriente. Porque el problema no es tan solo de Afganistán, Irán o Arabia Saudia, son una serie de naciones que están sumidas en este tipo de gobiernos donde la brecha entre hombres y mujeres es cada vez más amplia.

Una segregación que traspasa fronteras

Tanto en el Medio Oriente como en el norte de África aún siguen ocurriendo hechos criminales que han sido normalizados y permitidos por los gobiernos islámicos de dicha zona geográfica. Bajo el nombre de la Sharía se siguen justificando detenciones arbitrarias, secuestros, violaciones, golpes, asesinatos, homicidios en nombre del honor y todo tipo de violencia de género imaginable. La lista es larga al igual que la de países que lo permiten.

En Irak, Irán, Jordania y Kuwait, por ejemplo, aún se efectúan “crímenes de honor” en donde una mujer es asesinada por uno o varios miembros de su familia por desprestigiarlos. Los motivos pueden ser varios, pero los más comunes son mujeres asesinadas por mantener una relación con alguien que la familia no quiere, por tener relaciones sexuales fuera del matrimonio, por no llegar virgen a la unión o no vestirse apropiadamente.

En Libia, diversas activistas, blogueras y periodistas son silenciadas con agresiones, secuestros y violencia sexual, al denunciar los abusos del Ejército Nacional hacia las mujeres. Miembros de las milicias y ciudadanos particulares las hostigan para acallarlas, pero con eso no basta, además las incriminan para que sean condenadas, acusándolas de dedicarse al trabajo sexual, al adulterio, sin contar las campañas de desprestigio por redes sociales.

Las nuevas influencers tampoco quedan fuera de estas leyes opresoras. En Egipto, mujeres que han logrado cierta relevancia en Instagram o TikTok han sido procesadas con juicios y penas extremas por los cargos de “indecencia”, “ofender los principios y valores familiares” y la “incitación a la inmoralidad”

El año pasado, una joven influencer egipcia apareció en directo con hematomas en el rostro. Denunciaba que había sido violada por un grupo de hombres y pedía al Gobierno detenerlos y procesarlos. Sin embargo, fue detenida. Ella y sus agresores quedaron tras las rejas, siendo condenada por las declaraciones que había dado en su cuenta de TikTok al denunciar el abuso por “incitar al libertinaje” y “ofender principios y valores familiares”.

También las mujeres son víctimas de las policías de la moral. Son agentes estatales que se dedican a verificar si las mujeres cumplen o no con las reglas que establece la Ley Islámica, siendo encarceladas, torturadas o azotadas por, a veces simplemente, dejarse ver sin el velo en público.

El mayor problema de esto, además del derecho que tiene la policía masculina de cuestionar el comportamiento y la vestimenta de las mujeres, es la existencia de agentes parapoliciales.

En Irán, por ejemplo, existen grupo de hombres, con la aceptación de las policías, que acosan y agreden a las mujeres en público, las golpean, les rocían gas pimienta, las llaman “putas” y las obligan con violencia a taparse por completo el cabello con el velo, justificando sus actos con hacer cumplir lo que establece la Ley Islámica.

En Yemen, las mujeres y las niñas (a veces de ocho años) son obligadas a casarse sin su consentimiento; y en Jordania y Líbano, antes del 2017, los violadores podían eludir la cárcel si se casaban con sus víctimas.

Estos son sólo unos pocos de los tantos abusos que las mujeres deben soportar en los gobiernos islámicos del norte de África y Medio Oriente, zona que hasta el día de hoy es la que menos ha avanzado en derechos humanos hacia las mujeres y que menos ha disminuido la brecha de género.

Así lo demuestra el Informe mundial sobre la brecha de género 2021 del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), que evaluó la distancia que existe entre hombres y mujeres en ámbitos laborales, educativos, económicos, de salud y de poder; y que situó en los últimos 15 lugares del ránking con mayor brecha de género a los países ubicados en la zona de África del Norte y Oriente Medio.

En términos educacionales, en Chad sólo el 14% de las mujeres están alfabetizadas en comparación con el 31,3% de los hombres, mientras que en países como Irak, Mauritania y Yemen, las mujeres todavía tienen un acceso a la educación significativamente menor en comparación con los hombres.

A pesar de que a nivel mundial las mujeres tienden a vivir más años que los hombres, en países como Qatar, Afganistán, Mauritania y Jordania es todo lo contrario, existiendo una brecha de género importante en la esperanza de vida. Esto se debería al acceso reducido que tienen las mujeres a la salud. En Afganistán, por ejemplo, los talibanes prohíben a las mujeres ser atendidas por médicos masculinos. Las mujeres profesionales de la salud no dan abasto y por esta situación un gran número de población femenina se queda sin atención.

En términos laborales la región bate todos los récords. Las mujeres tienen muy poca participación y representan un porcentaje muy bajo de la fuerza laboral. Según el informe de la WEF, la tasa de participación promedio de las mujeres es de 31% en esta zona. Egipto, Argelia, Irán, Jordania, Siria, Irak y Yemen son los que lideran negativamente este número, con menos del 20% de mujeres participando en el mercado laboral.

Y en espacios de poder, los números son aun más críticos. En términos de puestos ministeriales, ningún país de la región cuenta con más del 31% de mujeres en estos puestos. En Yemen y Arabia Saudita no hay ninguna ministra; y dejando fuera a Israel y Turquía ninguno de los otros países de la zona han tenido una mujer como jefa de estado en los últimos 50 años.

Económicamente, las mujeres también están en desventaja. La mayoría de ellas en esta zona no tienen acceso a activos financieros, incluidas cuentas bancarias. Incluso en algunos países deben compartir sus bienes con los hombres de su familia y las herencias que reciban tienen que ser compartidas en un 50% con sus hermanos o hijos.

El Informe es categórico: el Medio Oriente y norte de África es la región del mundo con la mayor brecha de género (60,9%), siendo Irak, Yemen y Afganistán los que se encuentran en los puestos más bajos y con la brecha más vasta. El Foro Económico Mundial estima que disminuir esta distancia en la región será un proceso lento y que se necesitarán 142,4 años para cerrar finalmente, la brecha de género.

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